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Fotos de portada:Columna Villarroya 2010. Maica Rivera 2018. Todos los contenidos registrados.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Suzanne

 

Suzanne

Eran aquellas noches de horas blancas,

de estudio apresurado de materias sin sentido

que habíamos dejado para el final del curso.

Excitados ya por el olor de mayo.

apurábamos un cigarrillo sin filtro

-tal vez un Camel-

y en el viejo tocadiscos de maleta,

segunda mano, 45 r.p.m.,

surgía la voz amiga de Leonard Cohen

con la profundidad de un viento huracanado

arrasando fronteras y certidumbres impuestas.

 

Suzanne te lleva abajo  

hacia su lugar cerca del río.

 

Se deslizaban las notas, lentas, ritmicas

y penetraba en el alma ese otro rio

donde yació la casada infiel lorquiana...

Y queríamos tocar, como fuera,

ese cuerpo de inalcanzables formas

que Leonard, el de la voz terrosa,

nos descubría tan lleno de luz.

 

Y quieres viajar con ella  

Y quieres viajar a ciegas.

 

No queríamos salvarnos,

ni que nos liberase el mar de un tal Jesús.

Tan solo ella, Suzanne,

solamente Suzanne,

una mano en la nuestra y la otra en su espejo.

Nada más. Confiados

porque los pensamientos se unían

más allá de los cuerpos

donde siempre ha tocado el amor.

 

Y sabes que puedes confiar en ella
porque ha tocado tu cuerpo perfecto
con su forma de pensa.

 

Sí:

viajar con ella, a ciegas

seguir ese camino a través de los años

-toda una vida entera-

desde esa juventud negra e incierta

donde nos debatíamos, sin otra escapatoria,

que las palabras vivas de Cohen y Suzanne.

(c) Miguel Ángel Yusta. 2016.

 

viernes, 11 de diciembre de 2020

martes, 8 de diciembre de 2020

"Pasajero de otoño". Prólogo de Fernando Aínsa.

 En recuerdo y homenaje a Fernando Aínsa, traigo a este blog su prólogo a mi poematio "Pasajero de otoño" (Huerga & Fierro 2018).

Siempre en la memoria.


Pasajero de otoño,

una invitación a un viaje sin retorno


La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros.

Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.

FERNANDO PESSOA


Homo viator por excelencia, trotamundos tras las notas musicales de

óperas a las que asiste en los mejores escenarios europeos —Viena, Milán, París,

Madrid, Barcelona— Miguel Ángel Yusta emprende en Pasajero de Otoño

un periplo bajo la advocación del “último viaje” de Antonio Machado cuando

anunció “me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los

hijos de la mar”. Pero si el viaje de Machado era para abordar “la nave que

nunca ha de tornar”, el de Yusta es sabiendo —con José Saramago— que “el

viaje no termina jamás”, ya que “sólo los viajeros terminan”. Lo hace invocando

una voz, “pasajera del tiempo que arrasa los paisajes”.

Precedido de un breve preludio en el que anuncia que “nunca jamás querré

viajar a Ítaca” y de un poema —“El viaje”— donde sabe como Wilhelm Muller,

el poeta romántico alemán que inspiró el ciclo de canciones de Franz Schubert,

Viaje de invierno, que hay que encontrar el camino de todo viaje por sí

mismo. En su búsqueda, Yusta escucha un organillero solitario (“a quien ya

nadie escucha”) que renueva de esperanza su camino. Ha comprobado que “a

la gloria te lleva el padecer”, un padecer que pudiera sospecharse sufrido por

un amor de antaño.

El viaje de Pasajero de otoño combina el recorrer escenarios prestigiosos

largamente cantados por otros poetas —París, Roma, Grecia— a los que renueva

con sugerentes imágenes y una experiencia íntima que va urdiendo con

la conciencia y la angustiosa sensación de un final de trayecto no muy lejano.

El propósito inicial de su viaje es doble: regresar a París para recorrer nuevamente

la línea 6 del Metro donde descubre “miradas veladas de monotonía” y

el raro vaivén de gente azarosa y extraña”; la del bus 76 multirracial (negros,

árabes, indios, checos y polacos entre sus pasajeros) viajando hacia el Louvre;

buscar inútilmente la tumba de Edith Piaff en el cementerio de Père Lachaise;

admirar el Sena dormido (“cloaca de París sólo redimida por miles de poetas

impertinentes”); la Gare d’Austerlitz, (“monumento a los que pudieron llegary a los que se quedaron en el camino”), pero también para ir empapándose del

spleen que inmortalizó Baudelaire y hacerlo con nuevas metáforas y reparando

en los detalles todo lo que ha cambiado desde entonces en el restaurante

La Coupole, en el mercado callejero del bulevar Charonne y en las notas de

intensa variedad cultural de sus calles.

Porque Yusta es un habitué de París. En el París de Pasajero de Otoño,

Yusta transmite la alegría de haber hecho suya la ciudad y poder repetirse con

Juan Luis Panero “esta ciudad tendrá tu nombre para siempre”, tras sus numerosas

visitas, desde las escapatorias del régimen franquista de su juventud

al complacido reconocimiento urbano de ahora. Ha ido viviendo como suyos

los cambios de la Ciudad Luz, como se la llamaba, sin insinuarnos en ningún

momento el patético anuncio de César Vallejo “Me moriré en París con aguacero/

un día del cual tengo ya el recuerdo”. Nuestro poeta, por el contrario, se

ha dicho: “volveré a esta ciudad que está en mi vida para encontrar la llave,

las puertas de la perdida dicha”.

El versátil poeta del amor (Pavesas, 2012; Amar y callar, 2013; De silencio

y luz, 2015), este reconocido coplista aragonés, prefiere admirar nuevamente

el Palais Garnier, aunque atemorizado escuche el murmullo y las

pisadas de siglos que lo rodean; el Museo de Orsay donde residen “sus pintores”

(Lautrec, Van Gogh...), los “luminosos signos de admiración” de las gárgolas

de Notre Dame, escuchar al trompetista del Metro que “deja volar sus canciones

eternas”. El poeta vaga en soledad por las calles, museos y plazas de París. No

tiene compañera en la que apoyarse, le basta, no sin cierta satisfacción autocomplaciente,

gozar de mi compañía”. Puede repetirse: dondequiera que vayamos

encontramos que “ya estábamos ahí”.

Si en París el autor de Pasajero de otoño hace de su soledad, la única

protagonista de su vagar por calles, museos y plazas, en Roma se siente que un

ser amado lo acompaña para caminar “cogidos de la mano”, o acariciar su rostro

en la Piazza Navona y sentir que se encienden “lenguas en los vientres”.

Sin embargo, ante las aguas de la Fontana di Trevi, no puede sino musitar

una oración incomprensible/ mientras recuerda las tormentas/ que sin piedad

azotan su camino.” El poeta vuelve a estar solo y revive su memoria:

Madrid, El Cairo, Roma, Barcelona,/

Viena, Estambul, París/

o la dulce Lisboa/

y tantos otros sitios que pueblan mi recuerdo”.


Grecia está entre esos recuerdos. Allí acude nuestro poeta, finalmente, para

encontrarse “desnudo ante ese mar” y exponer su flanco sin temor. Comprueba

entonces que “ni tormenta ni soles/ han podido abatir tanta belleza” y piensa “si

es preciso/ estrellar en las rocas esta barca de rumbo equivocado,/ pero de puerto

cierto.” Sus pasos coinciden sin querer con los de Henry Miller en El coloso de

Marusi para participar de la luminosa atmósfera y del brillo del sol griego.

En Grecia, el poeta podría repetirse con Juan Ramón Jiménez “Andando,

andando; que quiero oír cada grano de la arena que voy pisando”, aunque,

tal vez, su esperanzado dirigirse hacia “los pájaros del alba” no hace sino corroborar

que “no se recuerdan los días, se recuerdan los momentos”, al decir de

Cesare Pavese. Y Pasajero de otoño está lleno de “momentos” para recordar.

El viaje de Yusta se programa en otoño, estación del año con la que se asimila

el declive de la edad, en que las fuerzas del cuerpo languidecen, pero

donde una madurez ganada con el tiempo se revierte en una mayor sensibilidad

para percibir el mundo que se recorre, esa “nueva forma de ver las cosas”

de que han hablado tantos viajeros. Pienso en Voltaire que hizo de los viajes

de Cándido un venero de experiencias y en Henry Miller que tras mucho deambular

por el mundo se refugió entre naranjales en California para rememorar

con nostalgia su vida o en Jack London construyendo un paraíso para,

una vez concluido, cerrar la puerta e irse.

En el poema final Pasajero de otoño, dividido en nueve partes —tal vez

el más conmovedor de todo el poemario— Yusta se embarca en un tren que

pudiera ser mi último transporte”, munido de un billete que debe llevarlo “a

paisajes luminosos”. Lo hace sintiendo que “se hace largo ya el viaje/ lleno de

noches largas y silentes/ que asfixian soledades presentidas”. En ese último viaje

las “manos” se duermen para ser “raíces que buscan la fusión/ con la cálida

tierra y convertirse/ en flores con el riego de unas lágrimas”. Son “días de negra

incertidumbre/ cuando el viaje se acerca a su final”.

Son momentos en que recuerda la “música de Verdi y de Puccini”, el sol de

Grecia y Roma. Se dice entonces, a modo de propósito, “Cuando parta, no miraré

hacia atrás”. Tras la lectura de Pasajero de otoño estamos seguros de

que Miguel Ángel Yusta cumplirá su palabra.


FERNANDO AÍNSA

Zaragoza, octubre 2017

jueves, 26 de noviembre de 2020

Andalán

La Revista ANDALÁN

que dirige Eloy Fernández Clemente. 

Da cuenta y comenta mis dos últimos libros:

"Reflejos en un espejo roto"

http://www.andalan.es/?p=15356


"La copla, emoción y poema"

http://www.andalan.es/?p=16043



martes, 24 de noviembre de 2020

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Café Poliveau

 


 M. Husson en el Café Poliveau

Monsieur Husson era un comunista de la vieja escuela.

Llevaba grandes bigotes y una desgastada gorra de visera,

viejo y encorvado, tenía una voz recia como torrente de piedras.

"Ah, monsieur, vous savez?" era el principio de una larga conversación.

Había sido perseguido por los nazis y cazado como un conejo

pero sobrevivió en aquel París en blanco y negro.

Y ahora languidecía en una chambre sin váter ni cocina,

sólo un pequeño hornillo de gas

y los recuerdos.

Y era feliz.

Monsieur Husson hablaba horas y horas de la democracia,

de los republicanos españoles que liberaron París.

"¡Ah, aquellos valientes antifascistas!"

Yo tenía escasamente dieciocho años

tal vez dieciséis —

y le escuchaba sin pestañear.

Fumaba en pipa Monsieur Husson

y el olor peculiar de su tabaco

siempre ha permanecido en mi recuerdo.

París, años sesenta del siglo XX, ciudad luminosa y libre.

La dolce vita, Brigitte Bardot...mis tardes eran eternas en los cines de barrio.

Y allí sentaba las bases de mi libertad,

de mi pequeña libertad descubierta en un seno de mujer,

en el beso de una pareja en el metro,

en el humo de la pipa de Monsieur Husson.

Al volver, España permanecía en silencio.

Yo permanecía en silencio...


Miguel Ángel Yusta. Pasajero de otoño. Huerga y Fierro. 2018.

(Foto: (c) Mayusta)

domingo, 1 de noviembre de 2020

jueves, 29 de octubre de 2020

Un poema de "Ayer fue sombra"

 


Me pregunto si fue real o un sueño,
si las calles eran tan oscuras y silenciosas,
si existían las quinielas a peseta
y las fichas ranuradas de los teléfonos públicos.
Si yo llevaba pantalón corto y me ruborizaba ante las chicas,
si nos daba miedo el portero del cine
que nos pedía el carné en las películas para mayores,
si mi padre llegaba agotado a casa, con las manos encallecidas,
si borraba las páginas del cuaderno escolar para escribirlas de nuevo...
Me pregunto cada noche, en la soledad de mi cuarto,
por los días que perdí rezando rosarios interminables
aterrado por el infierno que cada tarde nos prescribía el padre Andrés
-aquél que nos hacía poner las manos sobre el pupitre
para que no pecásemos, aunque fuera un instante-.
Y por los duros inviernos, de interminables noches,
haciendo los deberes con manos ateridas
en aquella cocina de paredes encaladas.
Me sigo preguntando, a través de los años,
quién tuvo derecho a robarnos tantas primaveras,
quién prohibió, hasta asfixiarnos, cuanto nos ilusionaba.
Por qué tuvimos que precipitarnos al vacío
y descubrir la luz a través del sufrimiento.
Maldigo una infancia desesperada y gris,
teñida con miedo y amargura por los vencedores
para que fuera acatada sin condiciones por los vencidos.
Reniego de quienes dejaron sin flores tantos jardines
y, a cambio, nos prohibieron pisar el césped.
Y busco todavía las respuestas
en el ocaso suave de mis días.
 
(M.A.Yusta. Ayer fue sombra. Primer Premio poesía D. Gob. Aragón. Ed. Aqua 2010. 2ª Edición. Lastura 2017 con prólogo de Marisa Peña y nota preliminar de Emilio Quintanilla)

lunes, 26 de octubre de 2020

Una... rosa.

 

 
 



Amo la brisa cálida

preludio de ese fuego

que estremece tu rosa

ungida por mis besos.

 (c)Mayusta

sábado, 24 de octubre de 2020

Anunciación.

 

 

Anunciación


Tu voz cálida cura soledades 

en el quieto silencio de la noche.

Tu apacible presencia

es mar tranquilo que mece mi barca.

El jardín de tu pecho

término acogedor de mi camino.


He llegado a ti al fin…


M.A.Yusta. Senderos de amor y olvido.2008.

 

La copla. Oniniones.

 


"Una espléndida obra de nuestro poeta de referencia en el ámbito (sencillo y difícil, como toda buena poesía) de la copla."
 
(Manuel Rico. Escritor. Crítico literario de "El País")

jueves, 8 de octubre de 2020

Valentín Martín y "La copla".

 


 El escritor y periodista Valentín Martín publica este artículo- entrevista en el Diario de Salamanca

Pinchad el enlace.

https://salamancartvaldia.es/not/249315/miguel-angel-yusta-nuestros-poetas-mas-grandes-han-escrito/?fbclid=IwAR3x0yKGxpFAbiqXP5JmuowRb6uJJRFvqdEq3tOhb8iUvn828hYxZipyhyM

 

TEXTO:
Valentín Martín Jueves, 8 de octubre de 2020

ELOGIO DE LA LÍRICA POPULAR

Miguel Ángel Yusta: “Nuestros poetas más grandes han escrito coplas bellísimas”
“En pocos versos hay que lanzar una flecha al corazón del lector”

Cuando yo empujaba a aquel manojito de vírgenes en Libertad 8 para que a los 20 años buscasen escribir lo que no está escrito, como hizo Pedro Casariego el suicida que nunca se encontró a sí mismo, daba por hecho que ellas ya habían asumido a los clásicos y quizás no tanto la lírica popular, un bebedizo para espantar el vicio barroco de quien escribe mucho para decir poco o nada.

¿Dónde está el punto de partida de la poesía? Sabemos que los refranes son poemas mínimos. Y sabemos que el poeta que ha pretendido dejar memoria de sí mismo siempre se ha debatido entre la tradición y el afán de escribir algo nuevo. Pero es que ambas cosas pueden convivir y de hecho conviven.

No sé si el poeta Miguel Ángel Yusta ha dado un salto al vacío desde sus libros anteriores donde se interioriza o toma un camino de vuelta. Él es ese pasajero de otoño que ayer fue sombra. Supongo que al escribir “La Copla. Sentimiento y Poema”, editado por Jaguar y Lastura, podríamos estar ante un libro de lo que él llama espejo roto.

Yusta: “Hay en efecto un camino, que nunca es fácil. Un trayecto vital lleno de curvas desconocidas, baches y sorpresas que condicionan el devenir de la persona. Venimos de la sombra y al caminar vamos recibiendo esos destellos que iluminan lo que desconocíamos: amor, esperanza, ilusión...y también odios, envidias, desdenes, dolor... Ese es el camino y al llegar a la meta final -ineludible- hacemos balance de luces y sombras y, con ello, cruzamos el umbral del tiempo. Tras ser sombra, pasajero y mirarme en los mil pedazos de un espejo, es apacible el descanso en la sencillez, la verdad y el sentimiento de un poema que, además, tiene que expresar con brevedad todas las sensaciones del recorrido”.

Parece que queda lejos la obra de nuestro paisano de Ciudad Rodrigo Cristóbal de Castillejo, y sin embargo no hay ninguna distancia sideral entre la copla que escribió en el silgo XVI “Vuestros bellos ojos, Ana/ ¡quién me dejara gozallos!/ y tantas veces besallos/ cuantas me pide la gana”, y entre el inmenso granero de coplas que nos deja desde hace años el poeta aragonés Miguel Ángel Yusta. A nuestro paisano Cristóbal de Castillejo, que nos dejó escritas coplas como la que he recordado, y esta de Miguel Ángel Yusta cinco siglos después, la vereíta, madre, no cría yerba: “El día que descubrí / el abismo de tus ojos / me condené para siempre/ a no mirar ya por otros”.

Yo creo que “La Copla. Emoción y Poema” es un libro también para jóvenes. Y para profesores de literatura que abandonen un poquito sus afanes vanguardistas. Esto es natural, hasta los primeros juglares fueron innovadores pero no se olvidaron nunca de asegurar la literatura creativa, aquello que se iba escribiendo o se había escrito ya.

Yusta: “No lo puedes expresar mejor. Avanzar en el fondo, respetar la forma, enriquecerse con la tradición y la experiencia, beber de las fuentes de quienes con sabiduría nos precedieron, pensaron, experimentaron y por ello prevalecen, es una hermosa tarea para los jóvenes, como lo es buena la orientación en ese camino de sus profesores. Y sí, es natural vestir la Poesía con ropajes nuevos, que la embellezcan y la rejuvenezcan, pero siempre pensando que la Poesía es una Dama muy respetable”.

Ya vemos que entre las dos coplas anteriores, hijas de ese tesoro español de la lírica popular, hay un sedal de amor que se dirige a los ojos. En el caso de nuestro paisano Cristóbal de Castillejo, es fruto de un corazón muy mujeriego, y sus coplas fueron casi siempre para Ana Schaumburg y Ana de Aragón. En los casos de poetas actuales, como los que están (o estamos) en el libro de Miguel Ángel Yusta manda la prudencia sobre el periodismo de investigación.

Posiblemente ahora mismo, dentro de tanta abundancia de poesía, no hay nada más revolucionario que la copla, la soleá, la seguidilla frente a la poesía japonesa y los intentos de huir de la orientación popular y caer sin querer en una poesía narrativa, que eso es lo que hay muchas veces al poner la lírica al servicio de uno mismo: el poeta dentro del poema.

Yusta: “La poesía popular es la que, precisamente, mueve los sentimientos del pueblo, de la gente normal, que la entiende, la ama y se emociona. Cito a Dámaso Alonso que dice sobre la copla: “Esa poesía blanca, breve, ligera, que toca como un ala y se aleja dejándonos estremecidos, que vibra como un arpa, y su resonancia queda exquisitamente temblando”. Nuestros poetas más grandes han escrito coplas bellísimas, que son perfectamente inteligibles, llegan al corazón de todo el mundo y transmiten emoción. Sus versos son como pozos de aguas cristalinas, profundos, transparentes, no como charcos cuya turbidez disimula su superficialidad...Pero jamás confundamos sencillez con vulgaridad. En cuanto a la segunda parte que apuntas, pienso que el poeta es quien, utilizando un lenguaje poético debe, en efecto, servir al poema y no al contrario. Y, finalmente, creo que se puede hacer poesía, y muy bella, con esas maravillosas estrofas de la lengua castellana que se pierden en los orígenes de la misma lengua y que siguen vivas y actuales, porque son del pueblo y por tanto inmortales y adaptadas a nuestra idiosincrasia”.

¿Hay manipulación de sentimiento en la copla? Pues qué más da, aquí no estamos ante un compromiso, sino ante la reducción metafórica de la realidad y el procedimiento alegórico para hacer universal la intimidad de una estrofa. El surrealismo de todos los grandes llegó después de su paso por el Modernismo y los clásicos. ¿Hay algo más clásico que la poesía popular? Porque tengo la impresión de que hay muchos poetas que escriben pensando que la poesía empieza en sí mismos. Demasiados. Por eso tantos poemas y tantos libros de poesía se parecen entre sí.

Yusta: “Pienso que, para llegar a fórmulas renovadoras hay que beber -y mucho- en los clásicos. Véase al efecto la trayectoria de, por ejemplo, los grandes pintores; la epoca “clasicista” de Picasso. Su intenso trabajo hasta llegar a las nuevas formas. Para escribir poemas en verso libre (absolutamente difícil) pienso que hay que haberlo hecho en abundancia en las estrofas clásicas, canónicas. Solo así se adquiere el ritmo, la musicalidad, la administración de los silencios, tan importante en poesía. No descubro nada con esto, pero hay quien comienza el edificio por el tejado...El poeta debe servir a la poesía y no al contrario; leer y aprender cada día y, ante todo, tener conciencia de que el poema siempre es un trabajo muy laborioso”.

Antonio Gala lo explica muy bien cuando habla de que Shakespeare para escribir los celos en inglés necesitó doscientas cincuenta páginas y nos dejó “Otelo”, mientras que un anónimo español lo dijo en una soleá que se saben las mujeres de mi pueblo: “La noche del aguacero/ dime dónde te metiste/ que no te mojaste el pelo”. Ya sé que tengo vicio por proclamar la riqueza de nuestra lírica popular. De ahí al agradecimiento a Miguel Ángel Yusta y este libro que es un presente sucesivo sobre lo que somos y también fuimos. (Aclaremos enseguida que no hay que confundir la canción española con la copla como estrofa. Esto lo ha explicado ya muy bien el amigo y maestro Manuel López Azorín. La copla literaria tiene una exigencia, que es cumplir a rajatabla la técnica).

La copla, el romance y el folklore son primos hermanos. Amor, desamor, picardía. En definitiva una poesía de la memoria y del costumbrismo. Porque quizás no nos damos cuenta pero escribir desde el sentimiento del pueblo es el sentimiento en sí mismo.

Yusta: “Exactamente es así y ya lo he expuesto antes. El amor, al parecer tan denostado ahora como tema poético, es un sentimiento universal y motor de la humanidad. Su falta, tan frecuente, provoca odios, guerras, infelicidad...Todos esos sentimientos están expresados, sublimados, en las estrofas populares. En pocos versos, hay que lanzar una flecha al corazón del lector. No caben figuras retóricas en exceso (aunque las enriquecen) y sí una expresión sincera y contundente, en lenguaje poético, que impacte y emocione. Eso es la copla: un micropoema cuando lo escribe un poeta. Y que conste que no es tan fácil expresarse en cuatro octosílabos”.

La lírica popular no ha caído nunca en la absoluta indiferencia. Si gratificante es el libro de Miguel Ángel Yusta, no hay que olvidar que otros como el zamorano José Calle Vales dejaron constancia de su memoria en libros como su “Cancionero popular”.

José Calle Vales hace un estudio a fondo sobre el viaje de la lírica popular, y partiendo de Lope y su caballero de Olmedo llega los actuales “No nos moverán”, “La paloma” de Rafael Alberti, o “La muralla” de Nicolás Guillén, a quienes la gente ha incorporado a la música y lírica tradicionales.

También hace José Calle Vales una extensísima recopilación de coplas y romances. Me resulta fácil elegir cualquiera de ellas, y penoso a la vez prescindir de las otras. Pero recordemos dos como esa sencilla expresión tan popular como hermosa. “Desde que te vi, alma mía/ prendadito me quedé/ y más cuando me dijeron/ que eras firme en el querer”. Y esta otra, para rematar el apunte, por aquello de que nuestra ciudad no se libra de la copla donde el amor pícaro tiene su sitio: “Mi madre piensa que estoy/ estudiando en Salamanca/ y me he venido a este pueblo /a conquistar a las muchachas”.

“La Copla. Emoción y poema” de Miguel Ángel Yusta recoge el testigo de todos aquellos que fueron y son. Pero sobre todo revela esa parte de sí mismo que cuajó en un gran poeta (poeta pitón, le llamé yo un día). Él jamás dejó sin comer a la lírica popular. Y este libro es en realidad, un estudio completado por Juan Domínguez Lasierra, Susana Díaz de la Cortina Montemayor, y Javier Barreiro.

Toda su larga trayectoria literaria y periodística se recoge en otros libros. Pero quizás sea en este donde se destapa y tira de su propia manta cuando escribe: “Yo no temo las tormentas/con que el cielo nos castiga/ que me dan mucho más miedo/ las tormentas de la vida”.

¿Es de todos y cada uno o no la lírica popular?

Miguel Ángel Yusta demuestra en “La Copla. Emoción y Poema” que esta manera suya de entender también la poesía no le convierte en un poeta españolista o andalucista como dijeron del buen Manuel Machado. Manuel volvió a ser un buen poeta cuando su hermano José se plantó y le dijo de todo para que, a su vuelta de Francia, dejase de hacer tonterías como imitar a Verlaine y otros.

Lo mismo sucede con otro libro para el gozo, el “Romancero flamenco” del poeta Manuel López Azorín, que es una instantaneidad abierta a romances, seguidillas y soleares. El fragor de la poesía es inagotable en todas sus formas y todas pueden aullar juntas porque caben en el universo de la lírica cuando esta es de verdad.

Miguel Ángel Yusta, poeta también de la copla y de la lírica popular tiene la mandíbula lírica a prueba de eternidad.

Y ahí gira, como giran los sueños de un niño: a raudales.

 

domingo, 4 de octubre de 2020

Manuel López Azorín, reseña "La copla. Emoción y poema"

 Un espléndido y extenso texto de Manuel López Azorín, escritor y crítico.

PINCHAD AQUÍ:

  

https://manuellopezazorin.blogspot.com/2020/10/miguel-angel-yusta-la-copla-emocion-y.html?spref=fb&fbclid=IwAR0-SU0jKWYjJoXd14PIJNYW9qJwFWugD0J2Q0k2wcY0mGHgkTzkjd2a-JY

 (Debido a la especial estructura del texto, con abundantes ilustraciones, no se puede trasladar aquí: pinchando el enlace se accede al texto original).

jueves, 24 de septiembre de 2020

En recuerdo de Fernando Sabido.

 

 Un gran recuerdo para Fernando Sabido, (1950-2017) que en su ingente Antología de poetas del mundo, recogió parte de mi obra hasta 2010.

 https://poetassigloveintiuno.blogspot.com/2010/12/2522-miguel-angel-yusta.html?fbclid=IwAR0IhkpJ_iR47c9KHrd-xVwSsqiRc7cell24ETmmBGS67VfNlMyVVIHlAOw

viernes, 4 de septiembre de 2020

Una reseña de...2008

Me encuentro, entre viejos papeles, esta reseña de Roberto Miranda en El Periódico de Aragón. Aquí la dejo para el recuerdo...

jueves, 20 de agosto de 2020

La Copla. Opiniones



Valentín Martín, periodista, escritor y poeta, valora con estas palabras el libro "La copla":

"Un libro imprescindible. Todos los demás pueden ser necesarios, pero este sirve para olvidar el olvido. La copla, como el romance, la soleá, la seguidilla, son el esplendor de la lírica popular de nuestro idioma que no matará nunca el hayku"

 Muchas gracias.


lunes, 27 de julio de 2020

Presentación de La copla en Expoesía 2020. Soria.

"MIGUEL ÁNGEL YUSTA HACE INVENTARIO DE 'LA COPLA'
Una nueva publicación de Miguel Ángel Yusta, sobre un tema en el que lleva trabajando media vida. La presentará en Soria, de la que es un asiduo participante con sus libros de poesía". (Antón Castro)


martes, 30 de junio de 2020

martes, 2 de junio de 2020

Entrevista en "Viajar por Aragón"

En  la revista "Viajar lor Aragón" y su sección 'Confin_Arte' entrevista de Marcos Callau, dentro de una serie realizada a varios creadores sobre su confinamiento. Muchas gracias. Enlace:
https://www.viajarporaragon.com/confin_arte-miguel-angel-yusta/?fbclid=IwAR3PKnfgGpY30j-5fzGX9_4X1EqVr0fWQO6qdbkY3VFeaxovwxun3ASgogo



sábado, 30 de mayo de 2020

Manuel Rico, comenta "Reflejos en un espejo roto"

Escritor, poeta y crítico literario, Manuel Rico Rego comenta "Reflejos en un espejo roto". Una opinión muy valiosa viniendo de su autoridad literaria. Gracias.




"Emocionado y sumergido en la lectura de los poemas de este espléndido libro de Miguel Ángel Yusta. Tiempo de melancolías, de memoria, de tiempos abolidos pero no muertos... Mi   enhorabuena a Miguel Ángel. Un poeta con mayúscula."

jueves, 21 de mayo de 2020

No suelo hacer poemas






Mayte Domínguez interpreta "No suelo hacer poemas".
Acompañamiento al piano, imágenes y montaje, Pablo Bethencourt.

https://www.youtube.com/watch?v=gS_fenfequQ


 NO SUELO HACER POEMAS cuando despunta el día,
tal vez mi poesía sólo vive de noche.
Hoy ha sido distinto:
ha quedado en mis sábanas aroma de tu piel,
en mis ojos la huella marina de los tuyos,
sobre mi cuerpo marcas de tu pasión silente
y en mi alma, indeleble, la huella de tu paso.
Cuando te has ido,
todavía dormida la mañana,
has dejado mi ser deshabitado.
Te has llevado jirones de mí mismo
que yo te doy como pobre regalo
porque, a cambio, mujer alada y suave,
han quedado las playas de mi vida
ya para siempre inundadas de ti.


 M.A.Yusta: "El camino de tu nombre". Ed. Quadrivium, 2011.
 Imagen: Sir Frederic Leighton - “Flaming June” (1895, óleo sobre lienzo, 121 x 121 cm, Museo de Arte de Ponce, Puerto Rico)

martes, 19 de mayo de 2020

El Sena




 Las aguas del Sena, al pasar por París,
tienen olor distinto
de aquel de musgo verde
que se desprende de la voz del agua
cuando atraviesa el campo.
Pasa bajo los puentes, silenciosa,
la vetusta corriente de los siglos
surcada por gabarras
o “bateaux” atestados de turistas.
Me asomo tembloroso a su profundidad
huyendo de mí mismo
o de aquellos a quien tal vez amé.
El agua se me lleva los recuerdos
y en la noche, sobre el río, comienza la lluvia.


**(Pasajero de otoño. Huerga & Fierro 2018)

martes, 7 de abril de 2020

Rafael Soler (Revista TURIA) reseña "Reflejos en un espejo roto"





Rafael Soler, escritor y poeta, reseña en  TURIA ( núms. 133-134, págs. 486-487) el poemario "Reflejos en un espejo roto". 
Muchas gracias.
He aquí el texto:

 
LA NOBLE CONDICIÓN DE LOS ESPEJOS
Reflejos en un espejo roto. Editorial Lastura. Miguel Ángel Yusta

 

Mal asunto que un espejo se rompa, ya sea por accidente, descuido o arrebato de quién, al sentirse vigilado por un igual con ínfulas, multiplica su imagen al intentar desbaratarla. Y cuando esto sucede, varios son los remedios que la superstición dicta para evitar el enfado de los dioses: buscar la pieza de cristal más grande para raptar con ella los reflejos de la luna; arrojar sal por detrás del hombro izquierdo, tan abnegado siempre; salir a la busca y captura de un trébol de cuatro hojas, que los hay; argucias todas que podríamos calificar de remedios caseros, frente a la novedosa receta que nos propone Miguel Ángel Yusta, a saber: roto, ay, el espejo espejito de nuestras tribulaciones, evítese en primer lugar el desconsuelo o el pánico, que a nada conducen y nublan las entendederas; dese a las piezas así abruptamente aparecidas el necesario tiempo de sosiego tras su traumático e inesperado nacimiento, cada una con su estatura y forma, cada cual en su rincón, y todas muy necesitadas; escúchese después cuanto a bien tengan contarnos, sin interrupciones ni jocosos comentarios; bautícese finalmente cada pieza con un nombre adecuado para afrontar con dignidad su condición de nuevo espejo.

Pues bien, a nuestro poeta, veinte libros de versos y veinte mil coplas en su haber, se le rompió hace una vida el espejo donde no siempre se encontraba al buscarse, y haciendo buenos los versos de Diego Jesús Jiménez - Has ido recogiendo, como si se tratara de un espejo roto, / cuantos fragmentos de la tarde, y de tu corazón, / componen tu presente – nos ofrece ahora, en “Reflejos en un espejo roto” el resultado de su personal singladura: nueve piezas con luz y nombre propio, bien cosidas ahora con el número 146 en la colección Alcalima de Lastura, donde antes publicó “De silencio y luz” y “Ayer fue sombra”.

Si una vida, al romperse, es un punto y final sin libro de reclamaciones, un espejo, en cambio, se multiplica. Y así, en cada pieza rota de su personal espejo, ha escuchado Miguel Ángel la voz de la nostalgia, el desamor, el olvido, la soledad, el silencio, la incertidumbre, la desolación, el escepticismo y, también, y aquí un suspiro de alivio, la esperanza. Estamos, pues, ante una propuesta radical del poeta, organizada en una entrada y setenta y dos poemas en diez epígrafes, sin concesiones fáciles, mostrando de una vez las cicatrices que lo vivido deja a quienes por ella transitan sin más protección que su osadía.

¿Crónica, pues, del desencanto? ¿Amargo recuento de cuanto pudo ser y no fue? ¿Lícito desahogo del perdedor? Bien pudiera, a la vista de los asuntos que inspiran y conducen en este libro la escritura del poeta. Pero, en su pliegue más íntimo, Miguel Ángel es un tipo tierno, un enamorado del amor que acepta sus secuelas, un periférico rebelde; y con esos atributos, con ese parar de poeta atento a lo pequeño para hacerlo grande, sería impostura mostrarse desabrido, tristón, decepcionado, intolerante. Hay muchas maneras de asomarse a los espejos de la desolación, el olvido o el desamor, muchas las maneras de contar y cantar lo perdido por si vuelve. Solo quien amado perdió puede del amor hablar, sin que suene a impostura o artificio. Si perder es adquirir en soledad una certeza, solo quien sus heridas con discreción luce puede legítimamente hablar de las incertidumbres que acompañan a su derrota. Y solo quien asume que toda una vida le llevará ser mortal puede hablar sin desdoro del olvido, la soledad y el silencio, compañeros de viaje de la cuna al nicho. Y así, enfrentado a la vida para no perderla, ha escrito Miguel Ángel Yusta este libro, para que suene a verdad porque es verdad, como sucede con los cinco poemas que nos ofrece en “Desamor” y que son, como no podía ser de otra manera, poemas de amor, haciendo buena la reflexión de Lope: “Creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño; / esto es amor, quien lo probó lo sabe”.

Y acierta también nuestro poeta al elegir estos dos versos de Alfonsina Storni para abrir los poemas que recoge en “Escepticismo”: “Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido / no fuera más que aquello que nunca pudo ser”. ¿Y qué otra cosa es la Poesía sino búsqueda y anhelo? Con acierto ha escogido y tallado Miguel Ángel estos poemas que fueron llegando en los últimos años, y cuando nos dice que “esta vereda es escarpada y ruda / incierto su final” bien sabe que su escritura es la de un caminante solitario, y que “aunque la noche niegue al día, y lo encierre en el recuerdo de la nada”, siempre hay un viaje nuevo a punto de empezar.

Miguel Ángel Yusta no practica la poesía hermética, no poetiza la expresión en ejercicios estériles, y sus dudas nacen de la certeza de saber que no queda tanto para cumplir viaje”, fueron algunas de mis palabras en la presentación de “Pasajero de otoño” el pasado año, cuando todavía no había sido distinguido con el Premio Imán por su trayectoria literaria que otorga la Asociación Aragonesa de Escritores. Palabras que tienen hoy plena vigencia, pues todos los destellos que este libro atesora nacen de una escritura espontánea y sin complejos, asomados poeta y lector al ancho y acogedor espejo de la “Esperanza”: Acabada la intensa travesía / cuando el olvido ha consumido el llanto / resuenan luminosas las trompetas. / Nos llaman por tres veces. / Su sonido de plata nos indica el sendero. / Resplandece de nuevo la mañana. // Destruidos los hilos de la sombra / caminamos hacia la luz del nombre.

Cuídense de los espejos, sean cautos, asómense lo justo, siempre con humildad y recato, en deliberado escorzo. Y si rompen, busquen a Mayusta.

RAFAEL SOLER


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