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martes, 30 de octubre de 2018

Francisco Caro presenta en Madrid mi Pasajero de otoño







Texto de la presentación, por Francisco Caro, de Pasajero de otoño en el Café Comercial de Madrid el pasado 24 de septiembre de 2018.
 
Los trenes que nos llevan
Pasajero de otoño. Miguel Ángel Yusta. Madrid 2018. Huerga y Fierro.

Dijo Alfredo Saldaña al presentar este libro en Zaragoza que era harto difícil conseguir separar en nuestro autor vida y literatura. Coincido. La vida de este maño eterno que es Miguel Ángel Yusta no puede comprenderse sin la presencia de la literatura y de la música, de su afición a la copla, de sus colaboraciones periodísticas, pero tampoco sin su afición por la fotografía y los viajes. De su vida nace su literatura.
Hombre social, cordial y amigo, alterna días de sosiego con excitados, de la misma manera que habita Madrid y Zaragoza. En los excitados, escribe. Excitados por el recuerdo o por la melancolía del tempus fugit, dos universos que como líneas abscisa y ordenada organizan su espacio escribidor. Un territorio dilatado tanto en el espacio-tiempo como en las publicaciones.
Conozco a Miguel Ángel desde 2011, desde entonces la amistad no ha hecho sino crecer en lo personal y en lo poético. Leí últimamente sus Pavesas, haikus sensibles de la época del vino y de las rosas fúlgidas. Y recuerdo con temblor su sensacional Ayer fue sombra, que le reeditó Lastura y donde la evocación de su infancia posbélica es el retrato sentimental de una generación, la nuestra, la de la luz difusa, pero la que años después construiría una España de luz esperanzada. Y es que posiblemente no haya poesía sin infancia en plenitud. Aquella infancia de programas dobles y trenes de tercera, o de madera, la que nos agrupa a tantos supervivientes dispuestos todavía –no a sobrevivir– sino a vivir. Ahora nos acerca este Pasajero de otoño, y es que siguiendo sus palabras "Como émulos de Ulises, navegamos a ciegas en la noche cerrada.” Hacia una Ítaca imposible, añado.
Escribe Fernando Ainsa en su prólogo que el otoño “es la estación que se asimila con el declive de la edad, en que las fuerzas del cuerpo languidecen, pero donde la madurez ganada con el tiempo revierte en mayor sensibilidad para percibir el mundo que se recorre.” Es difícil no estar de acuerdo. Si a esto añadimos que la poesía debe estar teñida, lo dijo Auden, por el buen hacer y por la inteligencia, nos encontramos en M.A.Yusta con el cronista, con el autor ideal para acompañarnos en la travesía de esta estación del año tan dada a la metáfora de lo que se agota.
Pasajero de otoño, pues, otoño de un pasajero. Un texto destilado en perfección y producto de cuatro distintas e intensas situaciones emocionales. El poemario permite al lector sensible situarse junto al poeta en cuatro escenarios ligados por la persistencia del recuerdo. Tanto si este aparece como refugio de belleza e identidad como si se ofrece para ser alambique de futuros. Y son cuatro escenarios distintos en sus provocaciones, y a mi modo de ver surgidos en alejados momentos durante ese vagabundeo existencial que supone el oficio de vivir. Y no todos ocurren en el otoño, aunque ahora los agrupe el título. No es otoño cuando París explota en juventud, como no es otoño Roma nocturna y el amor guardando su costado. Tampoco es otoño la búsqueda de plenitudes que supone el anhelo de Ítaca. Admito que pueda ser de otoño la mirada del poeta de hoy la que se vuelve sobre los paisajes, pero no para teñirlos con intención elegíaca, llorona, sino para recuperarlos en su momento exacto de plenitudes y canto, listos para un nuevo disfrute sanador. Todo eso dice el libro. Por eso es mucho más gozo que lamento. Por eso es un disfrute que se ofrece sí mismo y a los demás.
Hay un preludio, del que hablaré al final y hay un poema final del que nada diré. Entre ambos 46 textos magníficos, decantados, de lo mejor del poeta. De ellos, 37 forman el apartado “Ciudades y Paisajes” y sólo nueve el apartado que titula “Pasajero de otoño”, como el libro. Hablemos de este último. Son nueve poemas que se dedican a la descripción de la madurez constatada, al territorio de las hojas ocre, al aviso de un mes llamado octubre. Es en estos nueve poemas en suite, y numerados, donde el poeta advierte y nos advierte
He llenado mi ser de cicatrices / en batallas inútiles / donde estaba cantada la derrota. / No importa, pertenezco a una raza incombustible, / que hace comino a corazón abierto.
A corazón abierto y a vértebra dañada, podríamos añadir.
Nueve poemas donde los trenes que nos llevan vuelven a significar lo que tanto significan en Ayer fue sombra. El viaje como objeto del deseo. Bien sea el viaje físico, bien el emocional, el tren como posibilidad de mundos soñados, como la última ocasión Que nunca es la última, aunque oigamos acercase su silbido desde lo profundo de la noche. Digamos que acude a los poemas de esta parte un tú autorreferencial, una sombra con la que el yo del poeta conversa y se confiesa. Y lo hace sobre el ocaso –ese fantasma rosa–, sobre la memoria del amor gozado, sobre la soledad de los vagones, sobre la nieve que viste las ausencias, sobre la música y la vida que pasa lentamente. También sobre la vida que le acompañó, la que aún le acompaña ahora, esa que espera que todavía esté con él cuando el tren anuncie la estación final. Porque este pasajero que se llama Miguel Ángel Yusta se sabe tan tatuado de cicatrices como rico de aventuras. Y es que la vida y él han intercambiado cromos y afanes, arias y desolaciones, linos y espinas, hasta lograr saberse a fondo, hasta beberse, ese beberse que no es sino vivirse con b que diría nuestro testigo Rafael Soler.
Mayor extensión -37 poemas- ocupa el apartado “Ciudades y Paisajes”. Allí el París de su juventud con aire de libertades sigue siendo el paisaje soñado, el lugar de las mujeres frescas, como la que sienta frente a él en la línea 6 del metro, del bello Sena y sereno. El Paris que mitiga la soledad, el que recibe las maletas emigrantes en Austerlitz, el que “acaricia con brisa el pubis indefenso de Olimpia" o nos invita a "penetrar el Origen del mundo” (son sus versos), el que lava nuestros ojos de celtiberismos, el de las chimeneas, el de la inteligencia en La Coupole, donde se sueña con los cuerpos jóvenes y se sabe que un día tendremos todo el tiempo del mundo.
París está lluvioso en la mañana. Es un gigante gris de corazón cansado / que a diario reviven con sus risas / muchachas de piel tersa y ojos llenos de luz.
Y tras Paris, una Roma de piedras antiguas y de amor cercano, una Roma de mujer en ansia compartida. Una Roma preñada de atardeceres cogidos de la mano. Si en la Fontana lava el poeta sus manos de toda culpa pensada con la voluptuosa Anita, es en la Piazza de Spagna donde las dos almas quedan enlazadas escuchando el rumor del agua eterna. “Acaricié su rostro –dice– y se encendieron lenguas en los vientres.” Y tras Roma, una Grecia de empeño por Ítaca, ese lugar donde habita la felicidad de los anhelos, ese bosque siempre perseguido, ese tremor de intenciones, y a donde el poeta en su poema pórtico afirma que jamás, tras haber tocado el cielo, volverá a intentarlo. Y lo dice él, a quien se le han encendido y apagado estrellas, él, que ha viajado entre el cenit y el desengaño.
Pasajero de otoño y los lugares en donde la persistencia del tiempo vivido y la conciencia de existir se superponen hasta confundirse. Descansado una en otra, preguntándose una a otra. Es el milagro literario y vital de poder sentirnos uno con nosotros mismos, algo que el poeta logra para sí y que gracias al poema nos contagia como posibilidad al alcance. Todo está dicho desde la amabilidad de un verso cordial y perfectamente construido, sin sobreexcitaciones ni imposturas. Un libro en donde vivir.

Francisco Caro
(Profesor y poeta)

martes, 23 de octubre de 2018

Manuel López Azorín, reseña "Pasajero de otoño"

  
El reconocido poeta y crítico Manuel López Azorín, reseña en su blog el poemario "Pasajero de otoño".

 https://manuellopezazorin.blogspot.com/2018/10/miguel-angel-yusta-pasajero-de-otono.html

viernes, 19 de octubre de 2018

Alicia Mendoza Krauss* reseña "Pasajero de otoño"





 “Pasajero de otoño” sugiere de manera inevitable melancolía, añoranza y trayecto final. En el último poema, “Ligero de equipaje”, el poeta anuncia que se marchará «a la luz tenue del ocaso/ en la góndola llena/ de todos los recuerdos», y aguardará paciente «el resplandor/ del profundo arañazo de la Dama…». 
 Enlaza temáticamente con el reeditado “Ayer fue sombra”, que es un recorrido por la memoria de la niñez y la juventud. Y no es casualidad que la foto de cubierta de “Pasajero de otoño” sea la de unas vías de tren que se pierden en la niebla. El tren es un elemento recurrente, a la vez real y metafórico: «Trenes de vagones de madera», «que pasaban cercanos a mi casa», de los recuerdos de infancia; trenes en la «Gare d’Austerlitz»; el «Metro de París, Línea 6». Pero también el tren como símbolo del viaje de la vida: «Llega el ocaso como un fantasma azul./ Se hace largo ya el viaje/ lleno de noches largas y silentes/ que asfixian soledades presentidas»; «¿Por qué me asalta siempre ese recuerdo/ de los días de negra incertidumbre/ cuando el viaje se acerca a su final?» «Pasajero de otoño,/ viajero sin destino./ Se ha quedado vacía la estación/ y tal vez aparcado en vía muerta,/ olvidado el orgullo, el vagón de mis sueños». 
 No puedo evitar la evocación de Ulises, y menos cuando el propio autor nos lo trae de forma directa durante su viaje a Grecia y al final de su primer poema (“Preludio”): «Nunca jamás querré viajar a Ítaca». Y me resulta obligado citar al poeta Carlos Vaquerizo, en “Recuerdo (II)”: «Una sirena: tú,/ Yo, atado todavía/ al mástil del recuerdo»; como él, Miguel Ángel Yusta está atado a sus recuerdos para no perder el rumbo frente a las asechanzas de las hijas de Aqueloo. Y también quiero citar a Juan Ramón Barat, en “Todos los destinos se llaman Ítaca”: «No escuches las sirenas perversas» (a las que no me atrevo a identificar desvelando la metáfora). 
Pero, como dice Encarnación Pisonero, Ulises no sería Ulises si no hubiera escuchado los cantos de sirenas, pues sólo dejándose arrullar con la música de mares sin nombre se puede conquistar todo imposible. El viaje de Miguel Ángel Yusta, sin duda ha sido como el que recomendaba Kavafis (“Ítaca”): «Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,/ pide que tu camino sea largo,/ rico en experiencias, en conocimiento». 
Tal vez ya no haya una Penélope y, por eso, el poeta escribe: «Mi manos no son ciertas/ […] Solo quieren dormir sobre el regazo/ de la madre que a todos nos acoge». Porque regresar, como alguien dijo, es morir un poco. O quizás Miguel Ángel Yusta sea como el Odiseo borgiano, cuya patria es el viaje mismo y no Ítaca, cuyas arenas son de otro mar que quizás ya no existe. 
Costaría sobreponerse a tanta melancolía, de no ser por la fuerza del amor «pues ningún edificio se derrumba/ si el buril del amor fue su arquitecto», y de ese amor esencial hay mucho en los poemas de “Pasajero de otoño”, «porque donde hubo amor en llama viva/ aún mantiene un rescoldo la memoria» La gran paradoja es que la muerte no puede vencer al amor y al recuerdo (diría que tampoco a la fe, pero no en estas líneas); y traigo a la memoria las mejores palabras de consuelo para alguien muy querido que se nos iba: «Aunque el mundo cambie ahora, mi amor, no tengas miedo; te amamos, te amamos. No vas a desaparecer: estamos aquí contigo; estaremos siempre contigo». 
Si Pasajero de otoño fuese una tesis, contestaría con un poema de Aurora Luque: «Cómo decirle al tiempo que el otoño es mentira/ y que la vida puede valer lo que una noche/ de julio solamente porque tuvo el deseo/ el ardor excesivo de una piel de sirena». 
Pero no es una tesis, sino una preciosísima colección de poemas. 

Alicia M. K.
*Alicia Mendoza Krauss es filóloga ( hispánica  y Clásica) y poeta.

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