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- Miguel Ángel Yusta.
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viernes, 17 de octubre de 2014
jueves, 4 de septiembre de 2014
lunes, 1 de septiembre de 2014
Reseña de "Ayer fue sombra" por Emilio Quintanilla Buey
El prestigioso escritor y crítico, reseña así el poemario:
AYER FUE SOMBRA
Miguel Ángel Yusta Pérez
I Premio de Poesía “Delegación del Gobierno en Aragón” 2009
Edita: Delegación del Gobierno en Aragón y Cajalón
Editorial AQUA. 47 págs.
“La vida es una cosa —decía Ortega y Gasset— y la poesía es otra cosa. No las mezclemos”.
Probablemente cuando Ortega, dirigiéndose en una tertulia a los poetas del 27, se empeñaba en hacer esta distinción, él mismo era consciente de que estaba formulando un aforismo utópico, y de que cuando la vida y la poesía confluyen es precisamente cuando puede salir a la luz lo más hondo y sublime de ambos conceptos. Ortega lo sabía muy bien, y si en aquella tertulia planteó tal disyuntiva a los jóvenes poetas de su tiempo sería, probablemente, por hacerles cavilar un poco. Ya sabemos cómo le gustaba a nuestro insigne filósofo desflorar los argumentos.
En Ayer fue sombra, Miguel Ángel Yusta sabe mezclar vida y poesía sin que ninguno de los dos ingredientes pierda su propia esencia, y nos demuestra que esa mezcla, cuidadosamente dosificada, puede alumbrar un bello poemario digno de merecer un premio tan prestigioso como el que otorga la Delegación del Gobierno en Aragón.
No sé si, dentro del maremágnum de apellidos que se le suelen atribuir a la poesía, se encuentra ya el de “poesía de la evocación”. Si todavía no estaba consagrada esta definición (y no me suena que lo estuviera) me atribuyo su paternidad y la reivindico desde ahora para referirme a Miguel Ángel Yusta como maestro de la poesía de la evocación.
El poeta nos sitúa en una Zaragoza de mediados del siglo XX que todavía siente el escalofrío de la posguerra y en la que el Yusta niño arraigó. Ese escenario queda magistralmente descrito en una colección de quince poemas donde, entrelazando lo cotidiano con lo trascendente, el autor va evocando, con una admirable carga lírica, estampas y situaciones que a los lectores no nos resulta difícil identificar. Hay lugares conocidos: calle Mayor, Tenor Fleta, el mercado, el Sepu, el bazar X... hay populares personajes de entonces (unos queridos y otros detestables), hay ídolos inolvidables: Gloria Grahame o Bogart en un cine de programa doble, hay reminiscencias íntimas y hay otras muchas cosas: esas “cosas” que probablemente estén todavía en algún lugar y que, si hacemos caso a Borges, durarán más allá de nuestro olvido y no sabrán nunca que nos hemos ido.
Habría sido fácil, con un caldo de cultivo así, caer en sentimentalismos tópicos o en morbosas nostalgias que hicieran peligrar la calidad de la obra, pero esto no ocurre. Miguel Ángel Yusta sabe sortear tales tentaciones y nos ofrece una colección de poemas magníficamente construidos, frescos, ágiles, modernos, gratos de leer. Y sobre todo impregnados de sinceridad, porque Yusta, como Miguel Hernández, empuña el alma cuando canta.
Si amas la buena poesía, querido lector o lectora, no dejes de saborear Ayer fue sombra. No siempre cae en nuestras manos un libro tan estimulante, que además se cierra con un broche de oro: el destierro de la derrota y el atisbo de los días de la luz, que están a la vuelta de la esquina.
AYER FUE SOMBRA
Miguel Ángel Yusta Pérez
I Premio de Poesía “Delegación del Gobierno en Aragón” 2009
Edita: Delegación del Gobierno en Aragón y Cajalón
Editorial AQUA. 47 págs.
“La vida es una cosa —decía Ortega y Gasset— y la poesía es otra cosa. No las mezclemos”.
Probablemente cuando Ortega, dirigiéndose en una tertulia a los poetas del 27, se empeñaba en hacer esta distinción, él mismo era consciente de que estaba formulando un aforismo utópico, y de que cuando la vida y la poesía confluyen es precisamente cuando puede salir a la luz lo más hondo y sublime de ambos conceptos. Ortega lo sabía muy bien, y si en aquella tertulia planteó tal disyuntiva a los jóvenes poetas de su tiempo sería, probablemente, por hacerles cavilar un poco. Ya sabemos cómo le gustaba a nuestro insigne filósofo desflorar los argumentos.
En Ayer fue sombra, Miguel Ángel Yusta sabe mezclar vida y poesía sin que ninguno de los dos ingredientes pierda su propia esencia, y nos demuestra que esa mezcla, cuidadosamente dosificada, puede alumbrar un bello poemario digno de merecer un premio tan prestigioso como el que otorga la Delegación del Gobierno en Aragón.
No sé si, dentro del maremágnum de apellidos que se le suelen atribuir a la poesía, se encuentra ya el de “poesía de la evocación”. Si todavía no estaba consagrada esta definición (y no me suena que lo estuviera) me atribuyo su paternidad y la reivindico desde ahora para referirme a Miguel Ángel Yusta como maestro de la poesía de la evocación.
El poeta nos sitúa en una Zaragoza de mediados del siglo XX que todavía siente el escalofrío de la posguerra y en la que el Yusta niño arraigó. Ese escenario queda magistralmente descrito en una colección de quince poemas donde, entrelazando lo cotidiano con lo trascendente, el autor va evocando, con una admirable carga lírica, estampas y situaciones que a los lectores no nos resulta difícil identificar. Hay lugares conocidos: calle Mayor, Tenor Fleta, el mercado, el Sepu, el bazar X... hay populares personajes de entonces (unos queridos y otros detestables), hay ídolos inolvidables: Gloria Grahame o Bogart en un cine de programa doble, hay reminiscencias íntimas y hay otras muchas cosas: esas “cosas” que probablemente estén todavía en algún lugar y que, si hacemos caso a Borges, durarán más allá de nuestro olvido y no sabrán nunca que nos hemos ido.
Habría sido fácil, con un caldo de cultivo así, caer en sentimentalismos tópicos o en morbosas nostalgias que hicieran peligrar la calidad de la obra, pero esto no ocurre. Miguel Ángel Yusta sabe sortear tales tentaciones y nos ofrece una colección de poemas magníficamente construidos, frescos, ágiles, modernos, gratos de leer. Y sobre todo impregnados de sinceridad, porque Yusta, como Miguel Hernández, empuña el alma cuando canta.
Si amas la buena poesía, querido lector o lectora, no dejes de saborear Ayer fue sombra. No siempre cae en nuestras manos un libro tan estimulante, que además se cierra con un broche de oro: el destierro de la derrota y el atisbo de los días de la luz, que están a la vuelta de la esquina.
domingo, 31 de agosto de 2014
martes, 29 de julio de 2014
Nocturno
En la distancia, el silencio guarda la memoria,
las palabras de la infancia son olvido.
En la vejez
solo existe la verdad de los pájaros extraviados.
Na distancia, o silencio garda a memoria,
as palabras da infancia son esquecemento.
Na velleira,
só existe a verdade dos páxaros extraviados.
(M.A.Yusta. "20+1 poemas". Versión gallego: Xavier Frías Conde)
lunes, 19 de mayo de 2014
viernes, 16 de mayo de 2014
20+1: Reseña en Heraldo de Aragón
Texto de la reseña del filólogo y poeta Miguel Ángel Longás, publicada en el suplemento literario "Artes y Letras" del diario Heraldo de Aragón el día 15 de mayo de 2014.
(Esta foto es de Columna Villarroya. Me encanta...)
Sueño
Esta noche había soñado, otra vez, contigo y con las cosas que tú destruiste. Soñaba con la historia de la desaparecida lámpara de mi despacho, o la de un cenicero de bohemia donde dejaba enfriar mis pipas. O la de aquella bandejita de plata que un amigo colega, muerto ya, me regaló hace muchos años, o una botella de cristal tallado comprada en Praga en un día hermoso, gris y lánguido. Soñaba con la historia de un esmalte con el rostro hermoso de una virgen ingenua, contemplado furtivamente durante meses en un escaparate, hasta poderlo comprar para mirarlo cada noche y que, también, te habías llevado de nuestra casa.
Soñaba con el olor de la vieja madera del cabecero de mi desaparecida cama, o el tacto suave y frío del mármol de la mesilla de noche que tocaba antes de dormir como si de un mágico talismán se tratase. Pero podría ser tal vez la historia de un sueño que no existió, porque un vendaval de infinita y premeditada crueldad me despertó sin poder siquiera saber si era sueño o realidad aquello que, de repente, se convertía en un inmenso vacío de ausencia. Una ausencia que tú buscaste con cálculo premeditado para romper mis sueños.
Todos los objetos pueden tener vida, si nosotros se la damos. Pueden pensar, hablar y sentir si nosotros así lo queremos. Y dentro de los sentimientos, el dolor se alza como uno de los principales. Yo sé que mis pequeños objetos tan queridos sienten, conmigo, el dolor de la ausencia y cada noche cobran vida y me preguntan el porqué de su forzado peregrinaje. Por eso se introducen en mis sueños, los llenan y me preguntan si alguna vez podrán volver a estar junto a quien tanto los amaba.
Esa noche y muchas noches mis sueños y yo bailamos en silencio hasta la madrugada. Mi estómago se llena de gatos enfurecidos que yo intento perseguir y matar, para que dejen de arañar mis entrañas y mi mente. Las mañanas son terriblemente amargas y cada vez me cuesta más abrir la puerta del día. Pero esta mañana tenía que escribir unas líneas para leerlas por la tarde. Me miré al espejo antes de afeitarme y decidí que tal vez era el momento de comenzar:
Tu camino comienza esta mañana.
Deja que se consuma la noche en el olvido.
Siembra en las luces diurnas las esperanzas nuevas
y mata las que te robaron ayer,
porque ya no merecen tu recuerdo.
Comenzar, recomenzar, qué más da. Enciendo el ordenador y mis dedos intentan teclear palabras. Querría que la noche se alejase y el sol volviese a brillar en mis días tan grises, tan sórdidos, tan desesperadamente iguales y llenos de un intenso deseo de no ser...
Los gatos enfurecidos de mi estómago despiertan de nuevo ante el simple pensamiento de tomar un vaso de leche. Recuerdo aquellos días en que, ante el periódico, tomábamos nuestro café, humeante y aromático, con aquellos bollos que comprábamos al señor Manuel, el de la panadería y, sobre todo, con aquella ternura compartida que parecía ser eterna. Hablábamos animados, comentábamos ilusionados cómo crecían nuestros hijos y cómo las incipientes canas eran testigos gloriosos de un amor hecho vida y perpetuado en ellos. Tú estabas allí, entera y cierta, llenando mi vida y haciéndome caminar.
Entonces te escribía poemas de amor. Tú los leías y me mirabas casi indiferente. Jamás me quise dar cuenta de que tras una mirada fría había inicios de premeditado desamor.
Tu camino comienza esta mañana...
Me dirijo al armario donde como una reliquia con olor a naftalina y a recuerdo amargo reposa el chaqué con el que me casé hace ya varios lustros. Me anega la nostalgia de unos días que parecían llenos de luz. Hace años quise ponerme ese traje para una boda de alcurnia: fue imposible porque mi talla y mi felicidad parecían ir parejas. Hoy, sin embargo me disfrazo perfectamente y contemplo mi patética imagen de novio derrotado por la vida y por ti. De fantasma loco poseído de ansiedad y vacío de ilusión, de náufrago sin posibilidad ninguna de encontrar su nueva isla de supervivencia.
Deja que se consuma la noche en el olvido...
Hace meses que no deseo comer. No puedo enfrentarme a mi soledad ni quiero seguir un camino de espinas. Yo sé perfectamente que cada verso de ese poema tiene dos caras, dos lecturas, pero hoy, ahora, tomo la que desea mi ánimo desesperado. Mi noche está siendo larga y tal vez sea una cura el olvido total. El no ser ya nada.
Siembra en las luces diurnas las esperanzas nuevas....
¿Podrá haber siquiera luz donde sembrar? ¿Y si realmente este fantasma que me posee, estos gatos horribles que me atenazan, esta temible espiral de insomnio y apatía, esta náusea permanente pudieran iluminarse de esperanza? Vomito hasta mi desesperación, pero tiene que haber algo, puede que sea una pequeña luz, al final de un camino lleno de negrura.
...Y mata las que te robaron ayer
porque ya no merecen tu recuerdo.
Me desnudo completamente. Y lloro. Lloro con amargura y desesperación, sentado sobre mis talones, imagen viva de una derrota que no deseo pero que parece inevitable.
Ella me dejó así y parece que yo no puedo hacer nada por remediarlo.
A no ser que mate las esperanzas del ayer u ocurra un milagro esta mañana.
O tal vez las dos cosas.
....................................
Suena el teléfono, insistente. No suelo atender el teléfono por las mañanas pero la llamada se repite una y otra vez. Me rehago por un momento y , ni sé por qué, cojo el teléfono.
-¿Papá, estás ahí?
-Hola hija, si, dime cariño, ¿qué tal va todo?
-Papá...acabas de ser abuelo de una niña preciosa...y parisina...
-¿Y estáis bien, hija?
-Muy bien, papá. Pronto vendrás a verla ¿verdad? En unos días...Te esperamos pronto...Te queremos. Un beso.
Cuelgo y mis ojos apenas pueden ver, plenos de lágrimas. Ha cambiado el color del mundo.
Soy otra vez un luchador y he decidido seguir sembrando esperanzas. He decidido VIVIR.
(Zaragoza.
Octubre 2005)
_______________________________________________
(c)"El Laberinto de la dicha". Relatos. Edcs. Alkaid 2014
(c)Imagen:Mayusta
miércoles, 14 de mayo de 2014
Abrazo
El metal del que yo nazco
tiene la huella del fuego
con que se fundió el abrazo.
(c) Texto e imagen: Mayusta
martes, 13 de mayo de 2014
miércoles, 7 de mayo de 2014
Mi mar, tu mar, el mar
Existe un mar sin brumas ni tinieblas,
vacío
de memoria,
donde
las olas cantan el olvido.
Promesas
de otro tiempo, mis obras incompletas
reposan
sumergidas
en
el oscuro fondo de silencio.
Esperan
algún día la luz renovadora,
la
magia que las toque y las despierte.
Mientras,
huye la tarde.
Miguel Ángel Yusta: 20+1 Antología. Lastura 2013
Foto:Mayusta
domingo, 20 de abril de 2014
Escribo el verso...
Escribo el verso que tu piel me dicta
y lo impregno de lava apresurada
para que te perfore incandescente.
Tú, señalando el tiempo,
evitas los espacios
donde el miedo se crece y se desnuda.
Ahora puedo luchar contra el pasado,
me pierdo en la distancia,
dejo mi herida en el atardecer
y descanso en las luces de tu sueño.
"Amar y callar", Ed. Sabara 2013
Imagen:Mujer dormida. José Bueno (1920) Pza. Paraíso. Zza. Foto: Mayusta
viernes, 11 de abril de 2014
Mujer dormida
Duermes
mientras pasan el tiempo y la distancia
y en tus ojos, cerrados al pasado,
hay un oculto mar de juventud inquieta.
Tus horas pasan
y llegan a la orilla del olvido.
Los pensamientos reposan en tu mente
y en el alma te habitan, silenciosos,
montes de sol y piedra.
Tus manos enlazadas
tendidas suavemente bajo el rostro
sin ánimo de lucha, relajadas,
ponen en son de paz toda tu vida.
Eres perfecta así y en tu reposo
hay un ofrecimiento indefinido
de darte sin pedir, de ser amada.
Peregrino de ausencias. Unaluna 2005
Imagen: "La Siesta", de Enrique Galcerá, 1963. Pza. Paraíso, Zaragoza.
Foto: Mayusta.
miércoles, 19 de marzo de 2014
A mi padre (1979)
Han pasado los días
y aquella
primavera no regresa.
Tú contemplas ya
el mundo desde el fondo
de tus muros
abiertos hacia el cielo.
Han pasado los
días
y se sosiega la
desesperanza.
La luz
proporcionada del ocaso
se prende de
alfileres en las ruinas
de una ciudad sin
límites.
Apenas ya
resuenan tus pisadas
grises de niebla
y de silencios largos.
Has dicho adiós
y basta.
Y sin querer
marcharte me posees
en una claridad
de tu morada
que comparto
cogido de tu mano
senil y
encallecida.
Ahora camino solo
portador de los
grises pensamientos
donde cuelgan las
huellas de tu paso
silencioso y
pesado.
Ya no escucho
siquiera tus ausencias,
tampoco el
martilleo denso y duro
de un corazón
dormido eternamente
que latió por
mis luces y mis sombras.
(M.A.Yusta:Reloj de arena)
miércoles, 26 de febrero de 2014
sábado, 22 de febrero de 2014
Presentación de "20+1 poemas" en Zaragoza (21.02.2014). Texto de Manuel M. Forega
Ortega
y Gasset titula «La aparición del otro» una de las lecciones que
recoge en El hombre
y la gente. En
algunas cuestiones vitales soy adepto a Ortega; por ejemplo, en
ésta, que aborda el problema del otro ser humano frente al Yo. Y lo
aborda, en efecto, como un «problema», como un conflicto. No es la
primera vez que manifiesto esta circunstancia ya clásica de las
exégesis críticas literarias (que, por otra parte, proceden de
Nietzsche y nadie lo dice). Me refiero a ese concepto de la
«otredad», de vasta difusión entre la crítica a partir de los
sesenta y cuya génesis (además de Nietzsche, repito) encuentra
fundamento en el «Je est un autre» de Rimbaud o en el más cercano
«Viver è ser outro de Pessoa». Prefiero yo llamarlo esquizofrenia
porque, aun siendo un término metonímico, refleja mejor lo que no
sólo al escritor le sucede permanentemente en su vida; no sólo al
escritor, digo, sino a cualquier individuo y cualquiera que sea su
tarea en la vida.
¿Y
por qué este preámbulo? Pues porque no me resisto a incluir la
poesía de Miguel Ángel Yusta en ese contexto esquizoidal y porque a
Yusta, como poeta que es, le afecta de manera más profunda. Tampoco
me resisto a hablar de una existencia otra: la que fija la etimología
como ex-ister.
Y es que, en efecto, existir significa propiamente «salir»,
«brotar», «surgir» y no lo que la arbitrariedad terminológica
quiso –y pudo, a lo que parece- asignar allá por los años 20 del
siglo XX como el modo de ser del hombre, de manera que hoy «existir»
y «existencia» designan un carácter, una forma de comportarse el
hombre en la sociedad. Sin embargo, es precisamente «vivir» (que es
lo contrario a existir) lo que otorga carácter verdadero al ser
humano. Y ese ser humano, querámoslo o no, es siempre Yo, con
mayúscula; es decir, el yo
que es cada cual.
He
llegado hasta aquí para advertir ahora de inmediato que muy pocos
tan radicalmente Yo, muy pocos tan radicalmente vivos en ese Yo como
Miguel Ángel Yusta. Estos 20 + 1 ponen de manifiesto lo que digo
porque representan un mosaico (corto, bien es cierto) de su recorrido
por la vida extraído de once de sus títulos monográficos. Y no
sólo por la vida, sino por la realidad radical que la rodea. Frente
a esta radicalidad, Yusta no opondrá un yo estático, ese que
proclama Descartes en su célebre y ontológico autorretrato: Moi
qui ne suis qu’une chose qui pense,
sino que lo hará a partir del bien fundado axioma de otro galo
inteligente: Nous ne
pensons jamais que ce que nous pensons cache ce que nous sommes.
Este «jamás pensamos que lo que pensamos oculta lo que somos»
rubricado por Valéry es lo que a la postre pone en marcha todo el
mecanismo revelador del Yo para mostrarse vivo frente al Otro. Y ese
Otro no es sólo nosotros, receptores del desenmascaramiento del
poeta en sus versos; ese Otro es también el propio poeta que sale de
sí mismo (es decir, que existe
de sí mismo) y se autorretrata en sus poemas, tal cual lo evidencia
en ese «Quejido ronco de tambores», una silva asonantada en la que
su «figura evanescente», como larva, le hace vagar sin sentido. Es
ahí, en ese espagard doloroso entre lo que se es y lo que existe (lo
repito: entre lo que se vive y lo que surge de súbito, aparece, o se
muestra acaso como una phantasma, como diría Juan Rufo) donde tiene
lugar la tensión de un Yo en conflicto. Miguel Ángel Yusta ha
querido mostrarnos en este libro unas cuantas pinceladas de su vida
en sus también diversas circunstancias, pero seríamos muy ingenuos
si pensáramos que esta muestra es su vida misma. No, no es así
porque, a pesar de que la vida sea la causa de la movilización
estética, estamos hablando de literatura o, lo que es lo mismo, de
un embaimiento que trata de superar lo que precisamente el vitalismo
llamaba «habitualidad», lugar donde se inscribe la vida como
realidad radical del cada uno de los Yoes. Para escapar y trascender
esa habitualidad Miguel ángel Yusta se va a París, a su amado
París, muy amado, desde luego, por cuanto, como descriptor de su
fisonomía divina y humana, le dedica tres textos iconográficos, el
15 % del total de esos casi 20 poemas de amor y una copla casi
desesperada. Porque, efectivamente, otra vez huye Yusta de la
habitualidad enamorándose, o haciendo que el amor transite por el
más allá del más acá que es su realidad habitual. Para abandonar
la habitualidad Miguel Ángel Yusta echa mano de la memoria, vuelve
casi al útero adoptando la posición natural del neonato; para huir
de la habitualidad recoge en frasquitos esenciales la suma de las
horas vividas durante su paso por el tiempo. Vemos cómo, por
ejemplo, en el poema «El Sena» este prosopopéyico río «Por la
noche... parece un inmenso gusano dormido» que «gira sobre sí
mismo tantas veces porque quizá no quiera marcharse de París». La
acentuación simétrica del soneto «Quisiera ser el amo de tu sueño»
se rinde a la armonía de los corazones enamorados con una entrega
incondicional, mientras que el poema «Introito» alberga ese anhelo
más que rilkeano de regreso a la infancia; diríamos mejor que
alberga un deseo de incisión en el plano temporal cuyo vector es
naturalmente la memoria. No es el único poema que profundiza en ese
asunto central de —me atrevo a decir— toda la literatura
universal; «Han pasado los días» es otro texto que trata de
redimir el tiempo en la actualización recordatoria de los muertos
más queridos. Por fin, sí, el escepticismo desalentador del poeta
herido y restañado aparece en aquella copla que citaba y que alude a
este plural indefinido, pero plural mayustático: «Dicen amor y es
deseo, / dicen te quiero y es nada, / dicen demasiadas veces /
palabras, sólo palabras. //»
Sostuvo
siempre Ortega y Gasset que la poesía es un modo del conocimiento,
o, dicho con otras palabras, que lo dicho por la poesía es verdad.
Así como dije al principio estar de acuerdo con Ortega en algunas
cuestiones vitales, como la del conflicto del Yo frente al Otro, no
lo estoy en esta que acabo de citar. La poesía, aunque sea un modo
de conocimiento, no necesariamente es verdad; más bien aspira a la
verdad y, en esta aspiración, la poesía sería verosímil; es
decir: un símil de la verdad, algo parecido a la verdad. Lo dicho
sirve para ese lado al que Yusta también se inclina en sus versos:
el lado de la reflexión descriptiva, el lado de la absorción
conceptual. Pero esto no es malo, ni mucho menos. Es, sencillamente
distinto a lo ideal sin que por ello estos caracteres estéticos
dejen de ser aspirantes a una verdad modélica desde el punto de
vista de la poesía como fiel reflejo de la vida. Diríamos que este
otro talante se adhiere a la filosofía crítica respecto a la
manifestación de un desacuerdo con la vida convencional, crítica
que el poeta se ve impelido a hacer de vez en cuando para que su
inexorable soledad la juzgue. Así, por ejemplo, en estos versos:
«Después vendrá el silencio de lo oscuro, / se perderán caminos
en la noche. / Se borrará tu huella / y yo me quedaré deshabitado.
/ Solo. //»
El valor a
veces narrativo de Miguel Ángel Yusta radica en su dominio para la
creación de atmósferas, para la definición de ámbitos; posee la
seguridad de quien deja en suspenso la importancia de lo conocido
para trascender por medio de sus versos este límite y alcanzar lo
que ha de conocerse, lo que nos es dado conocer. George Bataille
llamaba a este gesto así estructurado «el extremo de lo posible»,
y lo llamaba así porque cualquier otro camino que pudiera tomarse,
indicador consciente del fracaso, conducía a la neurosis (lo que el
propio Bataille llamó «la vía oblicua»). La palabra de Yusta no
es neurótica; la palabra de Yusta no es oblicua; antes al contrario,
ha calculado la trascendencia de su gesto hasta hacerse cargo (porque
su verbo fue primero humano) de que su prosecución poética debía
señalarnos aquel límite: el extremo de lo
posible. Nosotros, lectores, desde ese mismo
momento sabemos que es así y, además de constatarlo, admiramos que
así sea.
¿Y qué es
lo que evidencia ese gesto? Pues lo que sucede a veces —sólo a
veces—: la naturaleza se sirve de un mediador: lo elige de entre
muchos con rigurosos criterios de selección para rendirle pleitesía
mediante el tamiz del ser
(no del estar, no del parecer); es decir, a través de aquello que
constituye la esencialidad de la mirada que se echa sobre lo que se
mira y cuyo relato reúne los factores que determinan su hermosura:
la emoción distintiva, la resolución diversa de una misma realidad
para trascenderla, algo, en fin, que une muy íntimamente a Yusta con
su poesía: la lírica —repentina destilación de un complejo mundo
de conceptos, concepciones, ideas, emociones tendidas, en tensión,
agónicas, resuexcitantes, símbolos cardinales...— que se presenta
en imagen bien definida y halla marco precioso en su palabra. Leamos:
«Una gota traza un suave
camino, / sin contacto posible, hacia mi mano. / Mis dedos han dejado
/ que se convierta en luz. //» Y también: «Existe un mar sin
brumas ni tinieblas, / vacío de memoria, /donde las olas cantan el
olvido. //»
Es
verdad que en los pocos textos de esta antología apenas puede
vislumbrarse una vida atendida por la palabra y, en consecuencia, la
recomendación que, como censor hoy aquí, me permito hacer es que su
diversidad morfológica presenta sólo registros formales; sin
embargo, difumina el carácter, el hondo arriate del que la poesía
de Yusta se sirve para caminar por los corazones como lo hace la
lluvia cuando se precipita en los hontanares. Disponemos con ello de
un perfil grueso, pero se nos hurtan las sutilezas de los rasgos
definidores de su belleza.
Toda
la hermosura de la poesía de Miguel Ángel Yusta hay que conocerla a
través de aquellos títulos de donde se ha extraído éste de hoy y
yo, como lector de su Ayer
fue sombra, de El
camino de tu nombre,
de Amar y callar,
de Silencio y luz
y otros tantos, quiero constatarlo.
Recibí
de un amigo el miércoles pasado un libro de poemas titulado El
arte de los sueños.
Y «todo el mundo sabe —nos advertía Gérard de Nerval— que en
los sueños nunca se ve el sol». «En las horas de las largas noches
/ durmió el poema hasta llegar la aurora», nos dice Yusta; y en
otro poema, refiriéndose a sus obras incompletas, añade que
«esperan algún día la luz renovadora, la magia que las toque y las
despierte».
Concluiré
con Antonio Machado: «Tras el vivir y el soñar, / está lo que más
importa: / despertar.»
Manuel
Martínez Forega
Zaragoza,
21 de febrero de 2014
sábado, 15 de febrero de 2014
jueves, 30 de enero de 2014
Félix Grande
Murió el poeta. Vive su poesía.
He aquí una soleá. ¿Se puede decir más con menos palabras? Poesía social pura...
Mira que soy desgrasiao
que estoy deseando morir
solo pa tener techao
Y una copla maravillosa:
Como los railes del tren,
son tu cariño y el mío,
uno al laito del otro,
to seguío, to seguío…
Y una copla maravillosa:
Como los railes del tren,
son tu cariño y el mío,
uno al laito del otro,
to seguío, to seguío…
jueves, 26 de diciembre de 2013
miércoles, 18 de diciembre de 2013
Amanece
Han llegado las horas del mañana,
y el tiempo del ayer
se ha escondido en silencio.
Ya no me reconozco en el pasado,
me dirijo a la luz.
(M.A.Yusta. Amar y callar)
lunes, 16 de diciembre de 2013
GLORIA IN EXCELSIS
Gloria a los que viven en las alturas
sin mirar hacia abajo, para no ver a los desheredados.
A los ricos de nacimiento,
a los tontos de nacimiento,
a los que hacen cola en las administraciones loteras
y tal vez esperan vivir en las alturas
(pero no puede ser, esto está ya establecido así:
no os salgáis del tiesto y estropeéis la gran Fiesta).
Gloria
a los que patean el Corte Inglés buscando el regalo ideal,
a quienes aguardan entrar en el aparcamiento con paciencia infinita,
a los que compran comida estos días como si ayunasen todo el año.
Gloria
a quienes mandan, con buenísima voluntad, postales de nieve,
como si la nieve no matase a los pobres
y a los hambrientos que no tienen techo
y a los niños que pululan abandonados
a merced del mercader del sexo.
Gloria
a los traficantes de armas que ponen su árbol con símbolos de paz,
a los especuladores que construyen pisos inalcanzables
e hipotecan vidas de jovenes
para lucir rolex de oro y conducir deportivos.
A los ignorantes por omisión, fanáticos e intransigentes
que obedecen consignas ciegamente
y se creen en posesión de la verdad.
A los aborregados por el consumismo.
A los comerciantes del amor.
Gloria
a los que tienen por corazón una caja registradora,
a los insolidarios,
a los que guardan de por vida el odio y el rencor,
a los que jamás perdonan pero piden que les perdonen,
a los violadores de niños y asesinos de mujeres.
Gloria, gloria, gloria
a quienes, al leer esto van a decir que es pura demagogia...
y guardan celosamente sus inagotables caudales
para comprar lo que jamás podrán:
amor y tolerancia, respeto y solidaridad.
Gloria.
Por poco tiempo.
Amén.
(Antología Poetas del 15 de mayo. Ed. Séneca)
miércoles, 27 de noviembre de 2013
viernes, 15 de noviembre de 2013
L'automne
Han llegado las horas del mañana
y el tiempo del ayer
se ha escondido en silencio.
Ya no me reconozco en el pasado,
me dirijo a la luz.
(c) M.A.Yusta. (Amar y callar. 2013)
Imagen (c) Mayusta. París. 2013
domingo, 3 de noviembre de 2013
20 + 1. Poemas. Próxima Antología en Edcs. Lastura
Una buena noticia: en la próximas semanas aparecerá una antología bilingüe ( español-gallego) de mis
poemarios, editada por Lastura y traducida por el prof. Xavier Frías
Conde. Todo un honor...He aquí una muestra
[GL]
O OUTONO É UN TIGRE ACAZAPADO
que debuxa silencios entre as sombras.
Espétase no abismo
que conduce á cova do inverno.
Eu daquela finxo coraxe,
desafogo do vento e da súa pel
e, cheo de palabras,
lánzome a navegar contra a corrente.
Deixo os meus poemas
perdérense río abaixo,
onde é certa a pegada da luz.
[ES]
EL OTOÑO ES UN TIGRE AGAZAPADO
que dibuja silencios en la sombra.
Se clava en el abismo
que conduce a la cueva del invierno.
Yo entonces finjo arrojo,
me deshago del viento y de su piel
y, lleno de palabras,
me lanzo a navegar contra corriente.
Dejo que mis poemas
se pierdan río abajo,
donde es cierta la huella de la luz.
© Miguel Ángel Yusta
© Traducción: Xavier Frías Conde
© Imagen: Mayusta
miércoles, 30 de octubre de 2013
AMAR Y CALLAR presentado por Fernando Aínsa
El amor salvado por la poesía
“A las palabras de amor
les sienta bien su poquito
de exageración”
Antonio
Machado
Canciones
de varias tierras
El poeta Eugenio
Montejo —autor de Papiros amorosos (Pre-textos, 2002)—
afirmaba que “siempre necesitamos decir de nuevo las palabras de
amor, buscar nuevas entonaciones”. Sin embargo, advertía a
continuación que los poemas de amor plantean muchos riesgos y
exigían “mucha sabiduría verbal”, porque “un poema de amor
plantea el riesgo de la nadería y el lugar común”, especialmente
después de las grandes lecciones poéticas de Pablo Neruda y Pedro
Salinas.
Al leer Amar y callar de Miguel
Ángel Yusta he recordado estas palabras del autor de Partitura de
la cigarra (1999) y en la perspectiva de esta presentación he
decidido ser cauto. Hablamos de un tema serio —el amor— sobre el
que mucho se ha escrito y sobre el que es muy difícil ser original,
aunque nuestro poeta Yusta lo ha colonizado con entusiasmo desbordado
y una generosa panoplia metafórica en Senderos de amor y olvido
(2008) y El camino de tu nombre (2011) y, en forma más
contenida y circunspecta, en Pavesas (2012).
Tema central de su poesía, —como de
la de sus colegas transversores Fernando Sarría y Fran Picón
y el Manuel Forega de Labios— Yusta sabe que es difícil que
el amor absoluto exista y rara vez, cuando se conquista, que sea
duradero y recíproco. La tragedia del amor, eterna como el ser
humano, es que muy pocas veces es total y menos “eterno”, aunque
pueda decirse que la mera “esperanza de enamorarse” da confianza
a la vida. Y cuando logra la plenitud ésta dura poco. Ideal que no
se alcanza y si se alcanza huye, ese “fuego que nos transporta
lejos” que poetizara Goethe. El drama del amor debe su patetismo a
las resistencias que tiene que vencer, a todo aquello que lo humilla,
lo acongoja, alegra y desalienta y ha contenido siempre un elemento
perturbador que sólo la poesía refleja. ¡Y qué mejor ejemplo que
el de Verlaine cuando exclama en Amour: “Tengo furor de
amar. ¿Qué hacer, entonces?”!
Un espasmo, un instante con vocación
de infinito
“Que yo sienta el placer de tu
placer/ Que el tiempo de la entrega sea infinito…”—nos dice
Yusta en Amar y callar— sabiendo que el amor realizado es
siempre atributo de un instante, aunque aspire a ser un sacramento de
eternidad. Ya lo decía Oscar Wilde en De profundis: “El
amor es un sacramento que debería recibirse de rodillas”. Si esa
aspiración fuera posible —añadimos nosotros— se rozaría un
estado beatífico, más allá del éxtasis momentáneo que el amor
procura, que suele derretirse como la cera de una vela alimentada por
su propio fuego. Y tal vez sea mejor así —como sugiere Jean
Guitton en Ensayo sobre el amor humano— porque si
permaneciera en el tiempo con la misma intensidad, la fuerza de la
sorpresa inicial, la sacudida que provoca descubrirlo se erosionaría,
desgaste que se torna rutina, como sucede en el amor conyugal, a todo
lo más trascendido en ternura y comprensión. La perfección del
comienzo, una vez culminada, una vez que ha tomado forma, se diluye.
Solamente en un nuevo comienzo —tal vez, otro amor— podrá
encontrar una renovada perfección.
Sabe nuestro poeta Yusta que ese
instante en que el amor se revela cumple además de su función
sensible una función cognoscitiva de iluminación. Como el relámpago
que ilumina en la penumbra una realidad desconocida, la función del
instante amoroso sirve para expresar el paso de una ignorancia a un
conocimiento, de una pasividad a una forma de plenitud vital. En la
medida en que ese instante permite una “salida del tiempo”, el
amor forma también parte de un suplicio consentido, de un fracaso
aceptable, en la medida en que no es buscado y es fruto de un
encuentro azaroso. “El querer no es elección,/ porque ha de ser
accidente”, ya nos dijo Lope de Vega en El caballero del
milagro.
Es cierto: el amor es inicialmente el
fruto de un instante; aquel en que se produce un espasmo y en que la
exaltación logra su timbre más agudo. Luego, espasmo y exaltación,
se agotan en sí mismos, ya que no podrá trascender la condición
frágil del instante en aras de una ansiada eternidad —el ansiado
amor eterno— aunque se intuya que lo eterno se inscribe en el
tiempo a través de ese solo instante privilegiado. Y éste es el
único modo de sacar al amor de lo ordinario y familiar, de lo
biológico y convencional para trascenderlo hacia los planos en que
se significa.
El único modo de conservar ese
instante privilegiado es por la poesía. El amor como materia prima
del poema que inspira, se compone, se recita y se quiere. Ese ritmo
de la poesía podría garantizar su concreción, pero Yusta prefiere
manejar las mismas claves poéticas que lo desmienten: la
imposibilidad de fijar ese instante, lo irrecuperable del pasado, aun
reconstruido. Esta imposibilidad no es menos poética que haber hecho
posible el amor, rodeando al instante de las garantías que la vida
no da nunca: pero es poesía de tormento y no de plenitud, de dolor y
no de serenidad.
De ahí la importancia de la memoria,
la única que permite que un instante pueda parecer infinito. Rodear
al amor, en el momento en que se realiza, de tales atributo de
belleza y poesía que pueda encontrar allí la medida de su propia
liturgia: repetirse, para conservarse como un raro talismán. La
palabra amor —nos advierte Yusta— la pronunciará “deshaciendo
las letras,/ en oración de amor definitiva”.
La condición efímera del amor
persigue a nuestro poeta que sabe que muchas veces lo que llamamos
amor no es más que ternura, deseo, satisfacción del orgullo,
sentimiento de posesión, incluso banalidad y rutina.
“Y el mar. De repente”
Pero hay más en Amar y callar:
hay pasión y sexo. Una pasión donde la presencia del mar es un
leit-motiv de connotación erótica. “Y el mar. De repente”
—nos dice el poeta desde el inicio— para evocar un “ocaso de
mar embravecido” dibujado en un pubis “devoto” y anunciar que
“camino por tus sendas de mares y de espumas/ como la bestia fiel
que defiende su presa./ Las olas agitadas de un deseo infinito/ me
llevan implacables a tu centro extenuado.” Tras deambular por
calles que le “parecen mares ennegrecidos/ con náufragos de bruma
derrotados”, siente que se detiene el tiempo, surge la pregunta:
“tan solo el mar presenta sus respuestas/ y el hombre se refugia en
la casa del miedo”. Un refugio que no impide descubrir que “Ahora
que por fin/ sé de verdad quién eres/ me paseo de nuevo sereno por
la orilla/ deshaciendo las horas/ sin temor a morir en ese mar.”
En Amar y callar —como en El
mar se llama ahora con tu nombre de Graciela Maturo— el ser
amado se identifica con el mar, “pulpo de ojos de seda,/ mar
jugador y ardiente,/ mar toro, mar solar”. La poeta argentina de
la que la revista IMÁN publicó en su número 8 algunos de sus
poemas, clama: “Quiero perderme en ti que eres el mar”, “Me
llevaste hacia el mar/ y de tu mano/ entré en el paraíso de la luz/
en el negro centelleo de la felicidad/ y de la muerte”. Escribir El
mar se llama ahora con tu nombre es para Maturo cumplir un rito
“al recordar el mar que nos ha unido”. Los ojos de la poeta “son
dos pájaros insomnes” que sobrevuelan el mar para llegar “hasta
un país llamado Siempre.
Yusta descubre como Maturo en “el mar
de las tinieblas” que “la humedad oscura del deseo/ acompasa
sonidos de mar embravecido” y renace bajo la luz, mientras se
llenan sus pies “de sal y espuma”. El mar está presente también
en los epígrafes de las tres partes en que se divide Amar y
callar. En los epígrafes de José Antonio Labordeta (“Lejos
hablaba el mar, la noche”), de Ángel Guinda (“De puerto en
puerto voy como un barco en la noche dando tumbos”) y de Miguel
Labordeta “Confieso una furtiva confidencia con esos náufragos que
aman las estrellas”, con que abre el volumen, Yusta, “lleno de
palabra”, se lanza a “navegar contra corriente” y descubre que
“El mar lo sabe todo: / te sabe a ti y a mí”. El poeta ama para
comprobar como “En las esquinas grises/ encallan nuestras almas en
silencio”, almas que “como caracolas/ esperan la pleamar que las
libere”.
El autor dedica Amar y callar a
Laura. Inevitablemente he pensado en Laura, el gran amor de Petrarca,
a la que consagrara las inmortales páginas de su Cancionero, En
vida de Laura y En muerte de Laura, poemas que fundan con
los 25 sonetos de Dante dedicados a Beatriz en la Vita nuova,
la tradición del amor provenzal de vasta influencia en la poesía
occidental y que notoriamente asimila Amar y callar, ese amor
que —confiesa Petrarca— “me halló del todo desarmado/ y
abierto al corazón encontró el paso/ de mis ojos, del llanto puerta
y barco”. ¿Feliz coincidencia la de Yusta cuando, a su vez,
confiesa: “arribaste en la tarde de mi vida/ al puerto incierto de
mis circunstancias/ y echaste el ancla firme/ próxima al muelle de
los sentimientos”? ¿Coincidencia azarosa o un mismo amor unido por
un sujeto de idéntico nombre —Laura, esa mujer como “imagen de
lo posible”, al decir de Novalis— que ambos poetas invocan en su
madurez? ¡Chi lo sa!
“En la tarde de mi vida”
En los dos poemas finales, cuando
probablemente el poeta decide “callarse”, Amar y callar cobra
otra dimensión. El poeta vive en “la tarde de su vida”, está
jugando el “resto”; confiesa “arribaste en la tarde de mi vida/
al puerto incierto de mis circunstancias” y recibe los regalos que
le trae el amor tardío: “sonrisas y miradas claras/ palabras
repletas de caricias” para decidir “subir al barco”, izando las
velas para navegar con la amada en la “nueva mañana”.
El poeta puede parecer un Fausto
reencarnado que intenta salvarse gracias a un amor que lo rejuvenece,
aunque sabe que para amar hay que salir de sí, encontrar y crear al
otro, y al mismo tiempo dejarse encontrar y crear; lo que supone
igualdad y reciprocidad. Lo demás es solo mero deseo de posesión,
“en el alma es una pasión de reinar” —como dice La
Rochefoucauld del amor—un deseo de posesión que olvida que no hay
posesión más completa que la de un ser que ama en forma absoluta.
El ser humano no ama para permanecer en
sí. Al amar busca en otra parte qué amar, porque solo, en su
soledad, es un ser imperfecto; le hace falta un segundo para ser
feliz o—como escribió con sencillez Séneca en su Epístola IX—
“Es preciso amar para ser amado”. El amor es un trabajo de
verificación continua de sí mismo, es una hipótesis con tentativa
de deducción y de verificación, es un suplicio calculado, un
fracaso consentido en la medida en que es buscado, un franquear la
puerta estrecha del tormento y la angustia.
En un proceso de desmemoria y de
autodestrucción que sigue a descubrirse olvidado por todos —“Cuando
nadie se acuerde/ de dónde vine o por qué me fui.. Cuando nadie
hable ya por mí, ni piense/ llamarme por teléfono/ y preguntar si
sigo vivo o muerto”— el poeta Yusta espera que la amada se
acerque a golpear “sin reparo” su puerta —“una botella del
más caro champán” en la mano— porque solo entonces “puede que
esté dispuesto a ser amado.”
Sabe entonces que al mirarse en el
espejo del destino, un extraño lo observa y lo interroga “desde el
fondo del tiempo y del espacio”. “Yo, nunca le contesto”, nos
dice intentando desatar el pensamiento que “intenta descifrar el
laberinto” y admitir que aunque “todas las respuestas” lleguen
“de repente”, “el tiempo del ayer se esconde en el silencio.
“Ya no me reconozco en el pasado,/ me dirijo a la luz”—anuncia
alborozado en Amar y callar— aunque pudiera repetirse como
el poeta Sully Prudhomme a su prometida: “Tu me perteneces desde el
pasado”. Un pasado donde reina el amor cuyo lenguaje Yusta ha
recuperado con ese “poquito de exageración” que pedía Machado.
Zaragoza, 29 de octubre,
2013
miércoles, 16 de octubre de 2013
TE ESPERÉ, COMO EL TRIGO
Te esperé, como el trigo
paciente espera convertirse en pan.
Ya la tarde ignoraba
el camino de vuelta
y corrían los pájaros
las doradas cortinas del ocaso.
Se acercaba la hora,
ajena a la certeza de tenerte.
Cuando llegó la noche, aún no supe quién eras.
Sólo el silencio pronunció tu nombre.
(c) M.A.Yusta. Amar y callar. 2013
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Nocturno I
Tu cuerpo me sabe a noche
con aroma de naranjos,
a sal, a esencia de vida,
a río, a bosque soñado...
Tu cuerpo me sabe a luna,
a mar me sabe tu cuerpo
cuando, alocado,camino
por tus senderos abiertos...
(c) Mayusta 2013.
(Imagen: Lester Lee)
jueves, 5 de septiembre de 2013
Llegaste como luz...
Llegaste como luz de mis mañanas
que apaciguó palabras en mi mente
y al tocar mis sentidos dulcemente
reviviste en mi ser horas tempranas.
Abriste una por una mis ventanas
y la sombra se fue rauda y silente.
¡Qué hermoso fue sentir aquel
torrente
que se llevó mis inquietudes vanas!
Preso estoy en tu límite del cielo
contemplando las horas luminosas
donde levanta tu ternura el vuelo.
Serán, a no dudar, horas hermosas
donde el amor soñado, con anhelo,
desborde mis orillas silenciosas.
(Teoría de luz. Unaluna 2007)
Imagen: Muchacha en la Ventana. S. Dalí
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Poema último
Cuando nadie se acuerde
de dónde vine o por qué me fui.
Cuando nadie hable ya de mí, ni piense
llamarme por teléfono
y preguntar si sigo vivo o muerto.
Cuando las horas no tengan medida
ni tampoco el espacio,
y ya no recordemos
las personas que amamos,
los vinos que bebimos,
las canciones en el amanecer.
Entonces solamente,
adórnate con tus mejores galas
y compra una botella del más caro champán.
Acércate y golpea sin reparo mi puerta,
pues solamente entonces
puede que esté dispuesto a ser amado.
Amar y callar. Sabara 2013
Imagen (c) Mayusta 2013
jueves, 29 de agosto de 2013
Amar y callar. Un poema.
EL OTOÑO ES UN TIGRE AGAZAPADO
que dibuja silencios en la sombra.
Se clava en el abismo
que conduce a la cueva del invierno.
Yo entonces finjo arrojo,
me deshago del viento y de su piel,
y lleno de palabras
me lanzo a navegar contra corriente.
Dejo que mis poemas
se pierdan río abajo
donde es cierta la huella de la luz.
(Amar y callar. Sabara 2013)
Imagen :Iaia Gagliani
viernes, 5 de julio de 2013
Eros 13
Son las bocas cálidos puertos de
llegada
donde arriban espumas
y caricias ofrecidas en flor.
El tacto de las manos
desata las cadenas de la piel.
Los sexos oscuros manan
como insolentes fuentes de jazmín.
Labios-luciérnagas invaden la noche
cobijándose del vértigo en los
muslos.
Y naufragan los vientres enlazados
en las oscuras aguas del deseo.
(c) Mayusta 2013.
Imagen: China Hamilton
miércoles, 12 de junio de 2013
Ha pasado la lluvia
Ha pasado la lluvia.
Un murmullo de vida
acuna dulcemente
mi incierta soledad.
(Amar y callar. 2013)
lunes, 10 de junio de 2013
Si pudiera nombrarte
Si pudiera nombrarte
y penetrar el cielo con tu nombre
y que el cielo, asombrado,
lo convirtiera en luz
y que la luz se adueñara del tiempo,
y que el tiempo parase nuestras vidas
definitivamente,
mi voz te llamaría cada instante.
Si fuera dueño de tu nombre, amor,
y tuviera el poder de demorarme
en esa red de nardos y jazmines,
lo alojaría dentro de mi pecho
para que nunca nadie pudiera descubrirlo
y lo pronunciaría,
deshaciendo las letras,
en oración de amor definitiva.
("Amar y callar". Sabara 2013)
Imagen: Édouard Boubat. París 1922-1999
sábado, 8 de junio de 2013
AMAR Y CALLAR
Amar y callar es mi nuevo poemario.
Se puede adquirir en versión digital ( dos euros durante unas fechas de promoción y tres más adelante) a través de este enlace:
https://literaturame.net/libro/amar-y-callar
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jueves, 9 de mayo de 2013
domingo, 31 de marzo de 2013
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