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lunes, 20 de abril de 2015

Rosendo Tello. Presentación "De silencio y luz". Texto completo.

 

Presentación del Libro “De silencio y luz” de Miguel Ángel Yusta
Fnac Pza. de España. Zaragoza. 7 abril 2015


Nada más recibir el libro de Miguel Ángel Yusta, lo primero que me atrajo la atención fue su título De silencio y luz. Silencio y luz son dos términos muy presentes en todos mis libros, desde el primero, Ese muro secreto, ese silencio, y he querido completar mi ciclo vital con otro libro, ya hecho, Revelaciones del silencio, mis obras primera y última. El libro primero recoge los predicados, el muro y el silencio.
He ahí el asunto accidental por el cual me gusta tanto el libro De silencio y luz, de Miguel Ángel. Hay en él, un sujeto que podríamos nominarlo con el título el tiempo, o el amor, o poemas de silencio y luz. Si lo ceñimos a poemas, aplicándole los adjetivos correspondientes a los sustantivos, serían poemas silenciosos y luminosos. Pero, a propósito de esta cuestión, me conviene hacer alguna precisión semántica sobre los términos.
En el caso de silencio, no es exactamente lo contrario del sonido, sino mutismo. Silencio es un preludio o apertura del habla y de la música; mutismo es un cierre al habla. El primero es un proceso; el segundo, una regresión; el primero cubre los grandes eventos, el segundo, los oculta. El habla habla, dice Heidegger; el sonido habla, según lo entendemos. Igualmente, lo contrario de la luz es la oscuridad, y no la sombra; sombra participa de la luz. A veces utilizamos silencio y luz como contrarios a sonido y oscuridad; pero conviene atender al contexto en que se hallan. Cuando dice Miguel Ángel “el silencio es la respuesta”, dice mutismo; pero cuando dice, “Es tu ausencia, la presencia/ es tu silencio luz”, es el rumor o la reverberación del silencio que se convierte en luz.
Se inicia el libro con el prólogo del excelente poeta y autor Joaquín Sánchez Vallés, muy amigo nuestro, novelista y crítico. Sigue una cita del autor en la página 13, a modo de aforismo personal: “Para que no puedan matarme de nuevo”. Es un verso que cierra el último poema de la última parte del libro y tiene su correlato en un poema anterior: “para poder amar por fin del todo”. Falta el sujeto, un sintagma nominal: “las raíces del dolor” que semánticamente equivale a sus amores.
En la página 15, aparece la cita tomada de “La destrucción o el amor”, de Vicente Aleixandre, en cuatro endecasílabos. La cita expresa el simbolismo del amor que atañe a Miguel Ángel: la soledad es calvero, la realidad, es plomo frío; no, ya no quema el fuego que dejó “aquel remoto mar al marcharse”. Ha elegido la cita que lo representa en pasado.
Y entramos ya en el libro. Se vertebra en cuatro partes y, a partir de la primera, se integran tres intermezzos delante de las tres siguientes. La primera parte se intitula Albor y día, y contiene cinco poemas. Sigue Intermezzo I, que acompaña a la segunda parte, titulada Nocturno, con 13 poemas. Sigue Intermezzo II y la tercera parte, que se titula Estancia, con once poemas; a continuación, el Intermezzo III y la última parte, de título Final, con ocho poemas. Es obvio que el término italiano Intermezzo, equivale al término nuestro intermedio, acompañando a las obras teatrales, comedias y tragedias, y a las óperas de corta duración. El intermezzo opera de divertimento musical con cuatro versos e imita las coplas aragonesas. Hay, en el Intermezzo I, cuatro versos de ocho sílabas con rima asonante, el II de siete sílabas con rima asonante, y el III, una cuarteta de versos de 7 sílabas, rimando en asonante el 1 y 3 y el 2 con el 4. Los versos de las cuatro partes son endecasílabos, de 11 sílabas: heptasílabos, de 7 sílabas, y alejandrinos, de 14 sílabas. Sólo hay tres versos cortos, uno de 4 sílabas: dos, de 6, y un verso de 15 sílabas en el último poema. Todos están bien timbrados, ajustándose a la métrica tradicional.

Antes de entrar en el contenido del libro, veamos un poema de la segunda parte, que abarca en síntesis el significado alegórico de todos los poemas. Dice así:

En la bóveda inmensa

los astros difuminan sus orillas.

Nada deja de ser

en el momento en que se cierra el cielo.

Hay luz en lo invisible.

Es un poema muy misterioso y sintético por la intención que conlleva de macrocosmos y microcosmos. Se divide en tres apartados. Primero: los astros difuminan sus contornos o amplían sus orillas. Segundo: nada deja de ser cuando se cierra el cielo y la oscuridad aparece. Y tercero: hay luz, aunque no la veamos, en lo invisible del universo. Existe una relación entre la unidad y la multiplicidad, o sea, entre el macrocosmos y el orden de los vegetales, animales y seres humanos en el microcosmos. En nuestro caso concreto, cuanto más se ajustan los poemas con la unidad de relación del universo, hay más acorde en todo. Si falla la luz, falla la relación con el macrocosmos y falla lo múltiple. Falla el amor por falta de desamor amoroso; falla la soledad por falta de compañía, fallan las orillas porque no hay encuentros. Hay olvido porque falta la verdad del amor y del deseo; hay ausencia porque no hay presencia; fallan las preguntas, porque no hay respuestas; fallan las palabras, porque hay mutismo, etc.
Pero veamos cuál es el contenido de la luz, proyectado por el macrocosmos como iluminante en los poemas, o como opaco a la luz del microcosmos. Digamos, antes de nada, qué difícil es este laberinto de tiempos en que los personajes se hallan enredados. Hallamos alguna dificultad en la ausencia de títulos en casi todo el libro, por su síntesis escueta. Por de pronto, en este hilado de tejidos, que cuenta el amante poeta lírico, aparecen dos amadas en el drama que nos envuelve: una mujer, que pertenece a un pasado movilizado en los tiempos de presente, y otra, imagen que asoma como guía de luz, en el presente y pasado anterior. No es extraño que al poeta se le mezclen distintos estratos de imágenes y símbolos.
En la primera parte hay recuerdos de ausencias del pasado, como declara en la confesión inicial del poema: “No busco primaveras imposibles/ ni deseo pasiones violentas”, aunque desea “ese cálido abrazo/donde se funden todas las preguntas”. Las alusiones al pasado aparecen, desde el presente, recordando al mar, símbolo de la existencia, “vacío de memoria” en que “mis obras incompletas/ reposan misteriosas en el fondo oscuro”, y es el futuro oscuro el que quedará deshabitado. Pero al final se borrará su huella para que “seas mi guía hasta esa luz”. “No me hables”, “ni me digas aún de dónde vienes”, interpela a la mujer de la luz renovadora. La mujer será una compañera que alentará al poeta.
A continuación, el Intermezzo I, cuyos versos musicales comunican el sentido de la parte segunda: “Bajó lenta la mirada,/ lanzó un suspiro muy suave/ y en mi noche comenzó/ a deshacerse su tarde”. La tarde de la vida del poeta comienza a desvanecerse como el preludio de la parte que empieza. Después, da comienzo esta segunda parte, Nocturno, que alude a una pieza musical en piano, destinada a ser interpretada por la noche. La noche, cuando el amor es asunto íntimo, la presencia se convierte en manifiesta, aunque hay ciertas ausencias. El poema primero es una invocación a la luna. Lo expresa así:

Tiéntame, madre luna,

en las desnudas horas de mi sueño

para poder amar por fin del todo.

Sea mi sangre lava fugitiva

que atropelle los cuerpos y los queme

y los funda y los haga de mi carne.

Dame, luna, tu brillo,

tus cráteres manchados,

la levedad albina de tu piel

para que pueda ser luz de tu luz.

Hazme tu rayo, luna,

para abrir sus entrañas,

hundirme en sus contornos,

deshabitar su cuerpo del olvido

y llenarlo de mí

en los tibios instantes de tu noche.

El poema es clásico, tocado de romanticismo. Invoca a la luna “para poder amar por fin del todo”, ya que antes no ha amado así. En su fantasía, a la luna le pide que su sangre sea lava que atropelle los cuerpos y los queme y los haga de su carne. Tal ímpetu romántico (y eso que, hace poco, en el poema de confesión, no deseaba “pasiones violentas”), y ese deseo arranca del pasado, y pide a la luna deshabitar su cuerpo del olvido. Es un nocturno musical como preludio de la noche amorosa.
Los poemas los podemos clasificar en series: poemas que arrastran el pasado con sus consecuentes ausencias, un número de cinco, y poemas de plenitud amorosa, ocho en total. Los últimos, surgidos de la compenetración amorosa, están en estrecha relación cósmica. Los primeros, divididos en dos apartados, no comportan tal relación, pues todos los apartados se hallan separados por una oposición adversativa que los enfrenta entre sí, mediante una conjunción “pero”, o una conjunción causal “porque”, o por la duda tal vez de las afirmaciones del poeta. Pero leamos un poema de plenitud.

                    Ha quedado prendido en tu cabello

                    un latido de estrellas.

Parecías dormida sobre un lecho apacible

inmersa en la quietud de soñados jardines.

Ondulaban tu pecho los suspiros,

dulce goce del centro sosegado

donde la vida tiene su refugio

y me naces, mujer.

En ese instante mágico te he contemplado amante,

cómplice de la muerte de las horas.

De tu sagrado aroma, fiel devoto,

mi religión, mi fuego, mi sustento.

La presencia de esta pieza, que yo he denominado poema de plenitud, es completa y singular. Los primeros versos están relacionados con el latido de astros y estrellas; “el centro sagrado” se parece a San Juan de la Cruz. Con un toque místico; además de ese final: “sagrado aroma”, “mi religión”, “mi fuego, mi sustento”. Es la mujer que hace nacer al amante en regeneración y nuevo nacimiento.
Leemos en un poema de la segunda serie, tan distinto en cuanto al contenido:

Apenas acostado, te contemplo

y tu respiración, leve y pausada,

apacigua mis males.

Un sonido apagado en la distancia

testifica que aún hay vida allá afuera.

Todavía no duermo,

quiero vivir las horas más largas a tu lado,

pensar que aún es momento de verte y respirarte.

Porque tal vez mañana

-ojalá no amanezca-

podría ser pasado y despedida.

Con el pensamiento testifica que quiere “vivir las horas más largas a tu lado”, y, a continuación, mediante la conjunción causal porque, cambia su deseo vehemente por un futurible dubitativo, “tal vez mañana”, que puede ser la realidad de un pasado con temor actual de despedida.
En los poemas de plena presencia, aparece algún elemento distorsionante que lo salva el contexto: la lluvia, elemento favorable, socava la metáfora “las piedras del recuerdo” (pag. 52). En los poemas de ausencia suelen darse dos contenidos, el primero, de signo positivo, y el segundo, de signo negativo.

En el Intermezzo II, continúa su romancillo de 4 versos, de 7 sílabas, con rima asonante. Lo dice en verso lírico, que anticipa el contenido posterior: 
 
Amo la brisa cálida

preludio de ese fuego

que conmueve tu rosa

ungida por mis besos.

La tercera parte abarca, con nombre de Estancia, la morada, mansión o habitación, un contexto semántico idealizante. Está unida a la segunda parte con las piezas plenas o de evocación casi plena (6 poemas), guardando relación con la unidad cósmica, y las que se alejan y entran por las vías de ausencia y dispersión subjetivante (5 poemas). Pero, con todo esto, estas dos partes del libro constituyen lo más granado de la armonía musical de Miguel Ángel. El poema primero se expresa de este modo: “No eran horas tal vez para el encuentro”, y lo atestiguan los contrarios. Todo tan resuelto, expresado en un tiempo pasado: “los cuerpos seguían oficiando el rito sublimado de fuego y de palabra”. “Después el alba fue testigo del abrazo infinito”. El poema, a pesar de las dudas del principio, eleva hacia arriba su anámnesis, su memoria, en la sublimación y lo infinito del abrazo. Vemos otro poema breve, que yo he denominado Renacer del amor.

He recorrido a ciegas, tembloroso,

tu carne enajenada.

He inundado tus valles agitados

con las espumas locas del deseo

en la penumbra cierta de la tarde.

Y el jazmín de tu pecho

ha desterrado mis palomas negras.

Renace la certeza nuevamente.

He inundado tus valles” “en la penumbra de la tarde”: la tarde, lo hemos repetido, representa la edad del poeta. Afirma que ha desterrado sus palomas negras, símbolo de su vida, y así renace la certeza nuevamente. Mantiene la esperanza de un pasado negro hacia un presente y un futuro. Los poemas oscurecen el deseo en las ausencias y se encuentran las oposiciones con las conjunciones adversativas y temporales: pero, mas, mientras, y conjunción copulativa y, con un valor negativo; no obstante, también acompaña mas a un poema pleno, con valor positivo.
Veamos uno donde lo negativo precede a lo positivo con la conjunción mas
 
Podrá no ser la misma

tu palabra de ayer.

O mi vaso vacío

el recuerdo salino de momentos de luz.

O mi búsqueda loca, la negación oscura.

Mas lo importante, entonces,

será que no nos hieran las ausencias.

Esto lo dirige a una mujer cuando pesan los recuerdos del ayer. Ahora pasa el recuerdo a marcar un futurible favorable para los dos amantes.

Y llegamos al último Intermezzo, el III, que es una copla del poeta a la amada que dibuja en sus versos: “Una pluma cansada/ sigue amando en silencio/ y en la noche, tan larga,/ te dibuja en los versos”.
La cuarta parte finaliza con el título Final, y completa la obra. Expone certeras meditaciones, con reflexiones sobre el tiempo, y acaban con sombría pérdida amorosa. Es una pérdida muy dramática por la angustia y la falta de respuestas en los “buscadores de la luz”.
La meditación sobre el verano es un arranque soberbio de pérdida devoradora. Lo expresa así: “Muerde el verano con furia loca/ preñado de mil soles”. ¿Qué ha ocurrido aquí de pronto? Esos cuerpos olvidados que persiguen la luz entre las sombras, ¿no será la luz del cosmos, donde había una luz invisible, oscurecido y alejado de nosotros porque no hemos lanzado una mirada hacia lo alto? Estética de la mirada. Negado el cosmos, se niega toda relación entre los seres amorosos. La claridad viene del silencio y representa la luz que rumorea del silencio.
El verano no tiene respuesta; la contemplación del otoño en noviembre viene como un fantasma; diciembre está lleno de nostalgia en el invierno de la soledad de lo vivido, como fantasma sin nombre; al hombre, viajero de mares y peregrino habitado de ausencias, sólo le queda vivir y morir en la orilla final. Huyeron las palabras y dejaron vacía la memoria.
Pero, un día, de repente, me condena el espejo”. No aclara de qué es el espejo. Sólo expresa que es invierno. ¿No será el espejo cósmico, el espejo de la relación con el amante? Hay una negación en la oración seguida de mas, que contiene una oración afirmativa: “Mas en la nueva primavera,/ yo volveré a mirarme en ti” “en el templado fuego de tus ojos”. Está la primavera estallando cósmicamente ante los ojos de la mujer amada. En el poema final del libro, nos deja la sospecha siguiente: “Cuando la luz del día decline para siempre”, discutiré las condiciones de las raíces de un dolor “para que no puedan matarme de nuevo”. Así establece un círculo en las frases del principio de la obra y su final.

En conclusión, lo que me ha interesado es singularizar la forma y los contenidos inherentes a la obra de Miguel Ángel Yusta. Ha escrito un libro hermoso, sintético y denso, muy sugerente en su ritmo e imágenes, muy ajustado en sus partes. Me gustan tanto las ausencias como las presencias y las pérdidas de sus poemas, todos tan diversos y contrarios, algo frecuente en la poesía actual.
Le doy un abrazo a mi amigo y lo felicito con mi más cordial enhorabuena. 
 

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