La suave estancia, perfumada de ti,
silenciosa en la penumbra,
contrasta con el bullicio de la ciudad
que sobrevive lejos de nosotros.
La tibia lengua de la noche
se instala sobre tu cuello abandonado.
Se aviva el rescoldo que consume
los vientres
y tus labios se hacen nido de alondras.
Afuera hay otro mundo
de gritos y borrachos,
pero ante mí despliegas
las velas de tus besos.
Y en este espacio
sólo caben los ángeles rendidos
en el supremo abrazo del deseo.
© Mayusta 2010
