Las aguas del Sena, al pasar por París,
tienen olor distinto
de aquel de musgo verde
que se desprende de la voz del agua
cuando atraviesa el campo.
Pasa bajo los puentes, silenciosa,
la vetusta corriente de los siglos
surcada por gabarras
o “bateaux” atestados de turistas.
Me asomo tembloroso a su profundidad
huyendo de mí mismo
o de aquellos a quien tal vez amé.
El agua se me lleva los recuerdos
y en la noche, sobre el río, comienza la lluvia.
**(Pasajero de otoño. Huerga & Fierro 2018)
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